En el país de los Toraja (Parte I)

Davi se sienta en el porche alicatado de azulejos de su casa. La han ido construyendo poco a poco, nos cuenta. Completamente alejada de la arquitectura tradicional toraja, con esos techos acabados en punta interminable, como si fueran el casco de un barco vuelto del revés. Paredes de hormigón y techo aislante; Básica pero perfecta para aguantar cualquier catástrofe eventual, que en esta parte del mundo es algo relativamente frecuente. Han sido años de esfuerzo y sacrificio trabajando como guía, pero se siente muy orgulloso. Tiene recursos suficientes para mantener a su familia y quién sabe, quizá costear la universidad de sus hijos en el futuro.

¿Viene Davi de una familia pobre? Ni mucho menos. Su padre era una persona muy conocida en la aldea, pertenecía a uno de los clanes más prósperos de la comarca. Pero tuvo la desgracia de morir joven. Tenía ocho años cuando su padre falleció.

Y es que en Tana Toraja la muerte no sólo desencadena el duelo y la despedida de un ser querido; También es el principal acontecimiento sobre el que se articula su comunidad. Los Toraja viven toda su vida preparando este momento. Hay pocos pueblos en el mundo que estén tan firmemente unidos al instante final desde el mismo nacimiento como éste.

Su familia se endeudó porque no pudo pagar un funeral a la altura de su rango social. La muerte se precipitó y arrinconó a los vivos. Gastaron todo lo que tenían y no fue suficiente. Davi perdió la tierra de sus padres y recibió a cambio toda su deuda en herencia por ser hijo único. No pudo ir a la universidad y tuvo que dejar los estudios demasiado pronto. Todo por una muerte que era demasiado temprana para madurar y traer bienestar y reconocimiento a sus descendientes.

Davi es de tez muy oscura incluso para los estándares de Indonesia. Arrugas acentuadas por la vida a la intemperie. Si hubiera nacido hace cien años sería agricultor o ganadero. Ahora el turismo internacional y el interés por su cultura nativa lo han transformado en guía turístico. Es otro tipo de pastoreo. Estamos finiquitando un almuerzo exquisito que nos han preparado su mujer. Sus hijos, uno de ellos de pocos meses, nos observan en la distancia. No seremos los últimos ni los primeros en recibir su hospitalidad como parte del trato, pero después de dos días compartiendo sus pasos y su conocimiento creo que Davi es una buena persona, además de un gran profesional.

Verduras guisadas, arroz y pollo. El cerdo se reserva para los funerales. Junto con el búfalo, son la seña de identidad de este pueblo, eminentemente ganadero. Davi se ríe cuando le señalamos lo que les gusta el cerdo a los toraja. <<Posiblemente esta sea la razón principal por la que nunca nos convertimos al Islam, ¡Jamás podríamos militar en una religión que nos lo prohibiera!>>.

Porque los toraja son cristianos. Una rareza en Indonesia, donde casi el 90% de sus habitantes profesa el credo musulmán. Sólo los misioneros holandeses a principios del siglo pasado fueron capaces de modificar su fe. Ascendieron a las tierras altas de Sulawesi central para encontrarse con este pueblo y evangelizarlo. Pero el éxito fue parcial. Ahora van a la iglesia los domingos con sus vestidos limpios y recién planchados, creen en un solo dios y leen la Biblia, pero la mayoría de sus tradiciones siguen siendo animistas. Sobre todo en lo tocante a la muerte. No hay nada más importante para un toraja que un funeral. Ni bodas, ni nacimientos, ni cumpleaños. Es un ritual tan importante para este pueblo que acabar con él sería igual que acabar con ellos mismos.

Los toraja creen que cuando alguien muere no va al otro mundo. Se queda en la Tierra, dentro de su cuerpo inerte, esperando a que sus familiares y conocidos le rindan el homenaje que se merece. Es el momento de que los hijos devuelvan todo lo que los padres les dieron en vida. Durante ese tiempo, el difunto está enfermo. No pertenece a este mundo ni al otro y como tal, deberá ser custodiado por los hijos el tiempo que haga falta.

Y así se hace. Hasta el momento de la celebración del funeral el cuerpo sin vida convive con la familia. Hoy en día el olor de la carne en putrefacción se resuelve con una buena inyección de formalina, pero antes había auténticos maestros de la momificación. El tiempo que el difunto pasa con sus parientes es muy variable, en algunos casos hasta cinco o seis años. Necesitan reunir el dinero para tan fastuoso acontecimiento. Hay que prepararlo todo minuciosamente y anunciarlo con el tiempo de antelación suficiente para que los invitados puedan reservar esos días en su agenda. Con la inmigración entre islas que el gobierno ha promovido en las últimas décadas, los toraja andan repartidos por toda Indonesia. No es raro ver en los funerales a gente que viene de regiones o países tan variopintos como Malasia, Borneo, Sumatra, Java o Nueva Guinea.

¿Y por qué son tan importantes los funerales para este pueblo? Dos explicaciones complementarias pueden arrojar algo de luz en este asunto. Por un lado la religiosa. Los toraja piensan que el paraíso, que ellos llaman Puya, es un lugar muy similar a este mundo. Los difuntos necesitan llevar sus pertenencias terrenales para estar bien equipados en el hogar de los ancestros. Si eras rico en vida, todo tu patrimonio deberá viajar contigo. Aquí la principal riqueza sigue siendo la tierra y el ganado, sobre todo los búfalos de agua. Mientras más cerdos, pollos y búfalos se sacrifiquen, más fácil lo tendrá el finado en su estancia eterna en el Puya.

La otra explicación es antropológica. Los funerales son el motor socioeconómico de esta región. Es el lugar donde invertir y pagar deudas, donde recibir los intereses de tu inversión, el lugar donde mostrar tu estatus y relacionarte con tus semejantes. Cada familia debe gastar acorde con la categoría social de su clan. Pero esto no solo atañe a los hijos del difunto, también a los invitados. Cerdos y búfalos son ofrecidos por amigos y parientes. Y si quieres demostrar a tu comunidad como de bien te va en vida, el funeral de otro es el sitio para hacerlo. Así que la ecuación es sencilla. Mientras más importante y cercano sea el difunto, mayor debe ser el presente. Y tu regalo debe ser honesto. No puede estar por debajo de lo que se espera según tu nivel de ingresos y prestigio.

Dentro de los obsequios, los cerdos tienen menor valor que los búfalos. El culmen son los búfalos albinos; Rarísimos, difíciles de cuidar, y que pueden llegar a costar hasta 6000 euros, una auténtica fortuna para estas gentes.

Los funerales no son solo el lugar donde presumir de opulencia. También son el sitio donde uno recibe y comparte. Más de la mitad de los animales sacrificados se consumen durante los días del funeral o se regalan a los asistentes. Son un aporte proteico fundamental en la dieta de sus habitantes, y más teniendo en cuenta que cada familia puede asistir a más de un funeral al mes. Aunque ahora quizás el complemento nutricional haya rebajado su importancia, imaginad lo que sería para un clan con pocos recursos pero bien conectado hace 100 o 200 años. Posiblemente la diferencia entre la vida y la muerte. Una suerte de comunismo a través de la eternidad.

Para la familia, la cantidad de animales sacrificados durante el funeral así como el número de asistentes son la evidencia de su estatus. Una marca que perdura para la siguiente generación. El último regalo de sus ancestros. Los cuernos de los búfalos se colocan a la vista de todos en las casas tradicionales o Tongkonan. Muestra donde están los clanes importantes de cada pueblo. Este afán por los números también explica que turistas y extranjeros sean bienvenidos a los funerales. Es otra muestra de prestigio. Somos búfalos albinos y un trofeo más que ser exhibido. A cambio se nos permite ser testigos de una de las manifestaciones culturales en torno a la muerte más alucinantes de todo el planeta.

Con Davi habíamos acordado una ruta de dos días que incluía la asistencia a un funeral. Parece que habíamos tenido suerte porque era uno de los más importantes de toda la región en esas fechas. Duraría una semana y se esperaban más de cinco mil invitados.

Partíamos de Rantepao, la capital. La ciudad no tiene nada destacable, aunque una visita al mercado, que incluye una sección gigantesca de compra y venta de búfalos es algo muy recomendable. Como ocurre en todos estos sitios, mientras más te alejas de la capital, más posibilidades tienes de ver retazos de autenticidad dentro de un paisaje que en parte ha sido modelado para y por el visitante. Afortunadamente, Los toraja no dependen tan fuertemente del turismo como otras regiones de Indonesia y es ahí donde reside gran parte de su atractivo. A falta de alguna trampa típica para viajeros poco espabilados, lo que uno experimenta no es ni más ni menos que la vida cotidiana de sus gentes.

Mercado de búfalos en Rantepao

La orografía es precisa. Valles rodeados de montañas. Arroz en las vegas. Frutales, bambú y café en las faldas de los cerros. No queda mucho de vegetación original. La región está densamente habitada y los bosques han sido talados o sustituidos por cultivos. Además de la transformación agraria, el paisaje destaca por los tongkonan y los sitios de enterramiento. Un paisaje consagrado a la muerte.

El funeral al que asistimos se celebra cerca de una aldea montaña arriba. Allí nos dirigimos, en 4×4 al principio y luego caminando. Los primeros pasos son campo a través, franqueando terrazas de arroz y atravesando manchas de bambú. Al cabo de un par de horas accedemos a un camino muy transitado. Camiones a rebosar de invitados, motocicletas con cerdos vivos maniatados en la parte trasera, cientos de personas caminando en la misma dirección. Pronto el tapón de gente y vehículos es incontenible. Nos acercamos a la explanada donde se celebra el funeral. Todas las construcciones que se ven son de madera y han sido hechas ex profeso para estos días. Cuando termine el ritual, este asentamiento efímero desaparecerá como si nada hubiera ocurrido. Decenas de búfalos pastan tranquilos a la entrada sin saber lo que les espera. Todos tienen pintado con spray el nombre de la familia que lo obsequia. Cientos de cerdos se agolpan a la entrada esperando ser sacrificados. Vemos coros de hombres que cantan y danzan en círculo en honor al difunto. El ruido de la muchedumbre, el olor a ganado y a sangre, la miríada multicolor de gente que se amontona por todos lados, te noquea los sentidos. Es casi como entrar en trance, pero en lugar de vaciar la mente la saturas.

 

Hay un gran patio central donde se suceden los principales eventos de cada día. Cientos de personas aguardan su turno para rendir homenaje al finado. Se han construido decenas de barracas donde los invitados se sientan. El trasiego de bebida y comida es endemoniado. Al fondo hay una parte más elevada que destaca por encima de todas las construcciones. Es donde se sitúan los familiares directos. En medio se alza una torreta donde descansa el fallecido y sus pertenencias preferidas en vida, dentro de un sarcófago de forma cilíndrica, tapado con mantas multicolor bordadas con motivos tradicionales.

Debajo se ubica el tau tau, otra parte fundamental de la liturgia toraja. Son reproducciones de los difuntos. Los tau tau más antiguos que uno puede observar en los lugares de enterramientos eran reproducciones muy esquemáticas de la figura humana, algunas de una belleza primitiva descomunal. Pero la perfección de las técnicas y el cambio en los gustos de los locales ha llevado a los artesanos a esculpir reproducciones casi perfectas, quizá demasiado realistas. Estas esculturas descansarán en la tumba junto a los restos del fallecido. Una manera de identificar a los ancestros y que no se olvide nunca su presencia atemporal.

Construcción temporal que aloja el sarcófago con el difunto. Debajo puede verse el tau tau, que representa a la persona fallecida. Una mujer en esta ocasión.

Adyacente al patio central se sitúa la zona de los sacrificios. No es algo para todos los públicos. No dejan de pasar cerdos por las manos expertas de los matarifes. Los degüellan y desuellan el acto, y los cortan en trozos sin ningún reparo. La gente está sentada alrededor charlando distraídamente, ajenos al festín de vísceras y sangre. Los niños corretean alrededor. Un olor acre lo inunda todo. Para redondear el espectáculo surrealista hay una especie de maestro de ceremonias que va paseándose entre los cadáveres con un micrófono, detallando a los presentes a quién pertenece cada animal ajusticiado.

Justo al lado decenas de manos preparan los trozos de cerdo para ser consumidos. Se marinan con hierbas frescas, cebolla, sal y guindilla. Y se embuten en secciones gigantes de bambú para hacerse a la brasa. Es la comida principal de los funerales y uno de los platos distintivos de los toraja.

El impacto de estos sacrificios en el turista occidental es bestial. Más acostumbrados a ocultar la muerte y comprarla ya fileteada en el supermercado, hace que esta parte de los funerales sea siempre la que más se destaca y rememora. Pero hay muchísimo más. Uno puede pasearse a sus anchas por todo el recinto, nadie va a afearte este comportamiento, que sería motivo de ofensa y vergüenza en nuestra cultura. Al contrario, muchos te harán señales para que charles con ellos o compartas un trago de vino de palma. Los asistentes no parecen experimentar duelo o tristeza, o al menos no lo aparentan. El ambiente es más de celebración, un lugar donde festejar y estrechar lazos. Davi lo explica muy bien; <<Este es el momento para que tanto vivos como muertos sepan cuál es su lugar en el mundo. >>

Hay un refrán toraja que dice: No importa si tienes hijos o no, todos podemos ser abuelos. Los toraja viven en comunidad y mueren en comunidad, con el funeral como elemento vertebrador. Una red gigantesca de interacciones que al mismo tiempo los conecta a sus antepasados.

La muerte percibida no como el fin, sino como parte del proceso natural que conduce a la vida.

 

 

Queda comentar algo de la arquitectura tradicional y los imponentes sitios de enterramiento toraja, pero para eso deberéis esperar al próximo capítulo de estas crónicas.

¡Saludos flamencos!

Texto: Miguel A. Calero
Fotos: Lucía Manresa y Miguel A. Calero

 

 

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6 Respuestas a “En el país de los Toraja (Parte I)

  1. Que impresión y que valor yo paso. Oigan donde andan cuando no andan de viaje? Tenemos mucho tiempo sin contactarnos y estoy un poco confundida. Abrazos fuertes, los extrañamos.

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