Caminando por Vietnam (II). En el valle de Mai Chau

Los arrozales se extienden de punta a punta en Mai Chau, dándole un color cambiante al paisaje conforme avanzan las estaciones. Verde eléctrico cuando la planta germina y crece; dorado cuando se acerca la cosecha, pardo herrumbroso cuando se deja la tierra en barbecho, a punto de ser impregnada de nuevo con la simiente. Es un valle estrecho y alargado. Quizás en su parte más ancha no llegue a los 10 kilómetros y conforme avanzas hacia el suroeste parece como si las paredes de los montes cercanos fueran amontonándose en vertical, unas detrás de otras, hasta casi rozarte la coronilla.

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Mai Chau, además de darle nombre a la región, es el nombre de la villa principal de la comarca. Sin nada que llame la atención, es mejor no perder el tiempo y pasar de largo, a no ser que se necesita comprar o moverse en transporte público a la capital o alguno de los núcleos de población cercanos. Hanoi queda a unas 3 horas al noreste, una vez pasada una cadena montañosa que oculta al valle de sequías y monzones y permite la existencia de un microclima ideal para el cultivo de arroz durante todo el año. Mai Chau se ha convertido en la punta de lanza del turismo de toda la región. Una alternativa más asequible para aquellos que buscan huir de Sapa y su excesiva aglomeración o que no se atreven por tiempo o arrojo a surcar las serpenteantes carreteras del norte, ya pegando a la frontera con China.

Durante los fines de semana las dos aldeas principales donde se concentran la mayoría de alojamientos se llenan a rebosar de turistas y locales que viene de todo el país. En Mai Chau conviven varias tribus de las montañas, entre las decenas que hay oficialmente catalogadas en todo Vietnam. Destacando los Tais blancos y negros, que como su nombre indican están más estrechamente relacionados con los pueblos de Siam (Tailandia y Laos) y China, que con los propios vietnamitas. Aunque a simple vista son difíciles de distinguir del resto, sus trajes tradicionales (cuando los llevan, hoy en día quedan restringidos para exhibiciones turísticas y celebraciones especiales) los delatan. También su arquitectura y su artesanía textil son famosas. Al contrario que otras etnias similares o los mismos vietnamitas, Los Tais blancos y negros construyen grandes casas de madera sobre pilotes. En una misma casa pueden convivir varias generaciones y miembros de una misma familia. La razón de los pilotes es que en la parte de abajo se crea un espacio donde se ubican las zonas comunes, como cocinas, baños, despensas y establos para el ganado.

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Unos turistas con chicas locales a la derecha vestidas de forma tradicional (Tais blancos).

Además de en Mai Chau, la mayoría de alojamientos se concentran en dos aldeas cercanas: Lac and Poom Coong, habitadas por Tais blancos. Lac especialmente se ha convertido en un enjambre turístico de guesthouses, tiendas de recuerdos y vino de arroz, así como exhibiciones de baile y trajes tradicionales a todas horas. A pesar del bullicio y mercantilización de la aldea, muchas de las casas aún conservan la belleza y  digna grandiosidad de estas construcciones familiares. Apetece pasear por sus callejuelas, perderse en las afueras, donde la muchedumbre se va difuminando.

Parece que el motivo de tal concentración de alojamientos en estas dos pequeñas aldeas es debido a que, al ser un proyecto turístico del gobierno, este ha obligado a que todo el desarrollo se centre en estas dos villas y Mai Chau. Queda la incógnita de saber si el valle entero se beneficia de los ingresos del turismo con servicios públicos o infraestructuras, o sólo las familias privilegiadas que viven en estas ubicaciones han medrado al amparo del desarrollismo incipiente de este país y las divisas extranjeras.

Por otra parte esta compartimentación ha permitido que el resto del valle viva ajeno al turismo, centrado en la agricultura, artesanía y explotación forestal del bambú y otras maderas. Esto significa que en el momento en que te alejas de la artificialidad prefabricada de las aldeas uno puede transportarse en pocos metros a un mundo totalmente distinto y casi intacto. No habrás andado ni medio kilómetro y el gentío se volatilizará como por arte de magia. Y eso los fines de semana. Si permaneces en Mai Chau entre semana te parecerá que eres casi el único turista allí.

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Campoz de arroz a las afueras de Lac

Así que, a pesar de la tematización en que se ha convertido una parte del valle, la zona merece y mucho la pena. Lo más recomendable es recorrer los alrededores a tu aire. Aunque la presencia de un guía es recomendable, principalmente porque puede enriquecer la visita y mejorar la interacción con locales, es totalmente factible hacerlo por tu cuenta. El valle de Mai Chau es estrecho y rodeado de montañas muy características, por lo que la orientación es relativamente sencilla. Se puede visitar en bicicleta (las alquilan en las aldeas) o simplemente andando. Si optas por esta última opción, el rango de dificultad es inmenso, desde trekking de varios días que atraviesan cadenas montañosas y masas forestales para dejarte caer en los valles contiguos hasta sencillos paseos agriculturales o etnográficos, donde uno puede apreciar la forma en que viven sus habitantes y ciertamente interaccionar con ellos. Los habitantes de Mai Chau están acostumbrados a ver extranjeros pero aún conservan una inocente simpatía y cortesía radiante con el visitante, entre otras cosas porque el sustento económico de la mayoría de familias no depende todavía directamente  del turismo turismo. Si además, al igual que nosotros, decides adentrarte hacia el interior del valle por tu cuenta y andando, las sorpresas y agradables encuentros están aseguradas.

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Amigos que uno va haciendo por el camino. Mujer Tai blanca ataviada con su traje tradicional

Con este ánimo de exploradores al azar realizamos un paseo matutino que al final se extendió por más de 6 horas. La noche había sido tranquila y reparadora. Durmiendo en dormitorios comunales, en un suelo de madera separado por cortinas para dar cierta sensación de intimidad. En la habitación de al lado hay un altar dedicado al abuelo y patriarca de la familia que nos acoge. Parece que había fallecido hacía unos años y que fue un personaje notable en todo el valle. Según nos cuentan, fue un héroe de guerra y compañero de batalla de Hoh Chi Min, el libertador y revolucionario que liberó Vietnam de Franceses y posteriormente Americanos. Hay recortes de periódicos antiguos, retratos, varios ramos de flores secas y hasta una foto gigante donde sale nuestro protagonista estrechando la mano a Hoh Chi Min, en una visita que el líder realizara al valle de Mai Chau en los años 50. La foto es hermosa: un venerable anciano, que parece no haber roto un plato en su vida, se abre paso en medio de la muchedumbre que lo aclama. Aunque de apariencia calmada, en sus ojos hay destellos de fuego azabache, como si algo bullera dentro, a punto de desbordarse por todos los poros de su piel.

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Es algo que constataremos muy rápidamente en todo Vietnam. La dureza y sequedad de sus habitantes, que se oculta tras un rostro de aparente paz y sabiduría. Los vietnamitas aparentan simplicidad, ánimo de pasar desapercibidos. Pero esas miradas insondables llenas de orgullo, escondidas bajo toneladas de cortesía, les delatan. Son un pueblo guerrero, obstinado, llenos de una energía inagotable que uno no acierta a saber muy bien de donde sale. Me pregunto si los lideres civiles y militares americanos no se percatarían de esa profundidad, de esa rabia desafiante de sus miradas. Quizá estaban demasiado ocupados contemplando su propia imagen, en el espejo de su vanidad imperial. Quizá el resultado de la guerra que los enfrentó hubiera sido otro (o incluso ni siquiera habrían intentado luchar con ellos en su territorio) si hubieran atisbado algo de esto más allá de sus narices.

No sólo americanos. Franceses, Chinos (varias veces), Camboyanos. Los Vietnamitas no han estado muy tranquilos en los últimos 300 años. Pero firmemente y con pausa, con esa tensa calma que irradian, han ido rechazando a todo aquel que intentaba conquistar las fértiles llanuras y valles de este país.  La mayor parte de campos de arroz de Vietnam, al contrario de lo que ocurre en otras latitudes y países, dan dos abundantísimas cosechas al año. La riqueza en otros recursos (piscícolas, forestales) complementa esta dieta basada en un cereal que en está región del mundo es motor y dios sagrado del pueblo. Los Vietnamitas ocupan los principales valles fluviales del país, quedando relegados el resto de tribus a faldas y valles entre montañas. Esta es la razón principal del atractivo de todas estas tierras altas que en forma de herradura recorren todo el norte de Vietnam, desde la frontera con Laos, pasando por la provincia China de Yunnan y la costa del mar del Sur de China.

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El paseo por el valle empieza bien entrada la mañana. Con un pequeño mapa que nos han proporcionado y nuestra modesta orientación comenzamos a enfilar hacia el noreste siguiendo los senderos que nos vamos encontrando. Tratando de dejar siempre las montañas orientales a nuestra derecha, como símbolo inequívoco de referencia. Atravesamos varias aldeas donde sus habitantes realizar sus tareas cotidianas. Alimentan al ganado, riegan las huertas, recogen y preparan cosechas. Es especialmente llamativo un campo de fútbol de tierra que ha sido completamente cubierto por unas cortezas de árbol, a modo de improvisado secadero. Después nos enteramos que de esas cortezas en infusión se extrae un té medicinal que es apreciado en todo el país.

IMG_3080A nuestro paso se suceden pequeñas explotaciones de bambú, hombres y mujeres que a paso ligero vienen o van de su casa al campo. La mañana se aprecia tibia y sedosa, y aunque soleada, la sombra de los árboles nos protege de los rayos matutinos.

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En un momento dado llegamos a una cantera, que atravesamos. Más al fondo divisamos unas estructuras extrañas, de techos altísimos de paja. Al acercarnos comprobamos que se trata de hornos tradicionales donde se cuecen ladrillos de arcilla a la manera tradicional. Rojos o negros que se apilan y secan en un campo cercano. Los obreros que trabajan aquí tienen el mismo color que la tierra que manejan: negra y herrumbrosa, fundidos completamente con su entorno.

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Hornos de cocción para ladrillos

Más aldeas, saludamos con la mano a sus habitantes, que nos miran divertidos desde sus casas elevadas. Pasado un mercado ambulante nos dirigimos ahora hacia el norte siguiendo una pequeña carretera asfaltada. Aunque no llevamos ni 3 horas andando, hemos llegado a lo que parece el final del valle. Una carretera más grande atraviesa un río y se pierde caracoleando carretera arriba hacia el noreste.

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Estación de Correos Vietnamita

Justo ahora el calor aprieta como nunca. Un pequeño kiosko y cuatro sillas marcan el hito de este cruce de caminos. Y tienen cerveza. Bien fría. Unas galletas saladas bañan la tradicional cerveza Bia Hoi que nos sabe a gloria. Decidimos volver por el otro flanco del valle. La vuelta se hace más pesada. La carretera tiene más tráfico que va aumentando conforme nos acercamos a Mai Chau. Pero el viaje ha merecido la pena. Una familia tomando el fresco en un porche nos ofrece naranjas y cerveza artesanal que han hecho ellos mismos. Declinamos la invitación cortésmente, los más mayores del equipo excursionistas están algo cansados, urge llegar a casa, comer algo sustancioso, comentar la jugada, lo acontecido. Se suceden huertas, campos de cultivo, gente termina las faenas del campo, intentándo protegerse de la implacable canícula.

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Ducha y cena impresionante, como casi todo lo que habremos de comer en este país. Por la noche hay fiesta local en la aldea de al lado. Cruzamos un pequeño camino en medio de la oscuridad, amparados por miles de estrellas. Varias fogatas. Jóvenes jugando alrededor. Cucañas, juego de la silla, del marro, otros que desconocemos. Música tradicional. Unos chicos nos invitan a saltar el fuego con ellos, como medio de purificación nos dicen, como una manera de desafiar el miedo.

Casi me siento como en las hogueras de San Juan, en Almería. Si no fuera porque es 3 de enero y estamos a miles de kilómetros de allí. Pero las risas están. El fuego está. Las miradas de regocijo, los chillidos, el flirteo entre adolescentes. La celebración de la vida está.

Nos retiramos exhaustos, justo cuando más gente parece acercarse de pueblos cercanos. Los faros de las motos nos deslumbran en el camino de vuelta. Mañana toca despedirse de este valle y sus habitantes, toca acercarse un poquito más a la costa, a Nin Binh, etapa intermedia para el gran colofón de este viaje, que será la bahía de Halong y la Isla de Cat Ba.

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Texto: Miguel A. Calero

Fotografías: Miguel A. Calero y Lucía Manresa

 

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4 Respuestas a “Caminando por Vietnam (II). En el valle de Mai Chau

    • Muchísimas gracias por tus palabras tío!!! Vietnam nos impresiono bastante, aunque quizá menos de lo que deseáramos. A ver que te parecen las próximas entradas!!!
      un abrazo y ya sabes que estáis mas que invitados si algún día os da por pasaros por aquí

  1. ¿Declinaste cerveza artesanal vietnamita?, seguro que la habías probado antes y no te gustó un carajo.

    • Si tio…no me siento orgulloso, pero los papis iban arrastrando la lengua fuera a esas horas y estaban deseando llegar al hostal. Luego si hubo tiempo de probarla en Hanoi. Exquisita!!!

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