Crónicas Birmanas (VI). Lago Inle, edén anfibio.

La realidad es un juego de espejos donde se refleja nuestra visión particular del mundo. Aunque el fenómeno de la reflexión sea universal, dominada por unas firmes leyes físicas, lo que observamos es completamente dependiente de nuestra libre interpretación. Como una de esas añejas atracciones de feria que deforman nuestra imagen. Nuestro contexto.

El lago Inle también sabe ofrecer esa realidad polifacética, de una belleza natural inapelable. Un gigantesco espejo plateado que invita a surcar sus aguas, recorrer sus aldeas y orillas. Tan rematadamente original y zalamero, que le han salido muchos amantes. Con el permiso de Bagan es probablemente la región más visitada y fotografiada de toda Birmania, y eso se nota en la orientación cada vez más turística, en la picaresca aún incipiente de los locales.

IMG_0254

Pero que nadie se lleve a engaño. A pesar de la masificación de sus recovecos, del bucle temático que repiten la mayoría de visitantes, Inle sigue siendo un lugar mágico. Sin embargo, el cuadro final que nos llevemos a casa será el resultado de nuestra propia iniciativa. Sin el más mínimo esfuerzo, sin una motivación extra que nos aleje conscientemente del resobado camino marcado, acabaremos mecidos por la anestesia empobrecida que surge del turismo intensivo. Una imagen deformada. Justo, si es lo que andabas buscando. Frustrante, si es de lo que abominas.

La misión no es imposible, aunque ponga a prueba la cualidad del viajero que busca algo más que coleccionar estampitas. Por fortuna, la masa es torpe, está imbuida de una inmediatez ciega, improcedente. Durante una época de mi vida tuve la suerte de pasar largos periodos en el Véneto, al norte de Italia. No hay mejor ejemplo de belleza imperecedera y masificación extrema que Venecia. Ríos de gente se entrechocaban, siguiendo las marcas en la calle o la banderita de su tour guiado. Pasaban a trompicones por el puente de Rialto, doblaban hacia la Academia. Terminaban en la plaza de San Marcos casi sin haber digerido el cornetto y el capuccino de mierda que tomaran en la estación de Mestre. Y volvían exactamente por el mismo camino. Tan sólo a algunos metros de sus ojos se abría el laberinto, la verdadera ciudad respiraba a través de sus calles encharcadas. Solo había que doblar cualquier esquina anónima y Venecia cambiaba completamente. Lejos de pomposas cafeterías, de gondoleros caricaturizados de si mismos, de tiendas de máscaras, cristalitos de Murano y otros recuerdos condenados al ostracismo de sus receptores, había toda una ciudad llena de seres reales, tangibles. Ropa colgada, viejitos tomando vino, canales solitarios y palacios sin nombre esculpidos por la sal del tiempo. Esa entrañable dignidad aristocrática que rubrica un pasado glorioso y un presente venido a menos, y que hace de Venecia algo único en el mundo. Pero muchos no pudieron, no querían ir más allá.

Mis paseos y descubrimientos en Venecia por aquella época legitimaron mis convicciones: La belleza de lo distintivo, esa rara gema que noquee los sentidos y derrita tus prejuicios, puede estar en cualquier rincón. Incluso en los entramados más perturbados, los más sucios y vulgarizados. Pero hay que currárselo.

IMG_1279

Inle es el segundo lago más grande de toda Myanmar. Se trata de una lámina de agua muy extensa pero poco profunda, donde habitan diversas etnias. En las ciudades Burmeses y Shan, las colinas y tierras bajas de los alrededores son el hogar de los Pa’O, Palaung o Danau. En las mismas entrañas del lago habitan los Intha (hijos del lago), un pueblo que ha sabido optimizar los recursos de este ecosistema como ninguno. Sus casas se alzan sobre las aguas y las barcas son una extensión más de su cuerpo. Han desarrollado un método de remo estética y funcionalmente impecable: manejan sus barcas de pie utilizando una de sus piernas, lo que les permite tener las manos libres para lanzar y recoger sus redes y nasas. Una danza sobre el agua que se ha convertido en una de las imágenes icónicas de este país. Incluso han sabido adaptar sus cultivos al medio que les rodea. Los conocidos jardines flotantes del lago Inle son huertos construidos sobre masas de lirio acuático (Eichhornia crassipes), que emergen por encima de la superficie gracias a sus raíces esponjosas llenas de aire. Sobre estos bancales de vegetación se alza un andamiaje hecho de bambú, al amparo de los cuales crecen tomates, judías y otros tipos de hortalizas trepadoras.

IMG_1271

La fascinante danza de los pescadores Intha

IMG_1325

Aldea Intha sobre las aguas

IMG_1336

Huertas flotantes. Cada familia cultiva un parche propio.

Al norte se sitúa la ciudad de Nyaungshwe, de nombre impronunciable. El núcleo principal y donde se ubican la mayor parte de alojamientos y servicios turísticos. Desde aquí es fácil contratar una barca a motor que te conduzca a través del lago. Es esencial negociar el recorrido antes de partir, por lo que un poco de información previa acerca de los puntos más interesantes de la zona es primordial. Si no, corres el peligro de dar con tus huesos en la típica ruta precocinada, que incluye visitas a fábricas de tabaco, tejidos u otras artesanías y que por supuesto, están completamente orientadas al visitante ocasional. Otra opción disponible es recorrer las orillas en bicicleta desde Nyanungshwe, aunque se pierde la perspectiva a través del lago, por lo que recomendamos encarecidamente realizar al menos una jornada en barca. Los precios son muy asequibles, más todavía si viajáis en grupo.

IMG_0330

Pescador Intha

Además del turismo, La vida en el Inle gira alrededor de sus mercados temporales. Siguiendo un sistema de rotación periódica, cambian de ubicación cada cinco días. A pesar de su fama, el mercado flotante de Ywama es el menos atractivo de todos, puesto que ha sido sacrificado en pos del desarrollo turístico. Más foráneos que locales husmeando en los puestos es mala señal. Los situados en las orillas o en los asentamientos de las colinas cercanas son definitivamente preferibles y mientras más alejados estén del circuito turístico tanto mejor. A través del hotel donde te alojes o conversando con tu mismo barquero podrás informarte del calendario semanal. Nosotros tuvimos la suerte de disfrutar del que se celebra a las espaldas de la Phaung Daw Oo Paya, en la villa de Tha Ley. Esta pagoda es el sitio religioso más sagrado para la etnia Shan y se conoce principalmente por las cinco estatuas de buda que se veneran. Las estatuas han perdido su forma original y ahora son meros bloques amorfos debido al recubrimiento de pan de oro que los devotos feligreses han ido colocando en láminas desde hace siglos. Las mujeres no tienen permitido el acceso al altar. Por lo que parece, aquí el karma es patrimonio exclusivo del patriarcado. El mercado es inmenso, lleno de actividad. Todas las tribus de los alrededores bajan a comerciar y ante tus ojos se despliega todo el poderío y riqueza cultural de este país. Además de alimentos, herramientas o servicios de reparación, hay objetos de artesanía realmente interesantes, alejados de los típicos suvenires de otros emplazamientos. Dejarse llevar por el gentío hasta alcanzar la saturación de tus sentidos es lo más recomendable y gratificante.

IMG_1265

Vendedora de cortezas de árbol. Usos medicinales y saborizantes, también para teñir ropas.

IMG_1303

Mujeres Pa’O (derecha) y Danau (izquierda) tomando un tentempié

IMG_1306

Mujer Pa’O

IMG_1283

Negociando

IMG_1302

Peluquería de calité!

Más allá de paradas en pagodas, monasterios de gatos saltarines, fábricas de tabaco, tejidos y otros puntos calientes, lo mejor es surcar las aguas a tu aire, gozando del espectáculo cotidiano que ofrecen sus habitantes. Experimentar el placer del voyeurismo viajero. Participar de este conjunto armonioso es lo que realmente hace de este lugar algo único. Un paseo por los jardines o alguna de las villas flotantes es descubrir un modo de vida alejado del mundo terrestre que nos vio nacer. Los Intha han vuelto al medio de nuestros antepasados anfibios y a falta de adaptaciones fisiológicas, su habilidad, cultura y tecnología han cubierto la brecha. Exquisitos y funcionales palafitos, barcas en lugar de carros o vehículos a motor, muelles en vez de sótanos. En los porches se secan pescados al sol, un hombre se afana remendando sus redes, dos mujeres reman con la última cosecha de tomates y loto a bordo. Los niños se zambullen como ranas. El ambiente se siente acolchado, como si el sonido se hubiera contagiado de la amortiguación que sufre debajo del agua. Esta gente, que emigro desde el sur del país en el siglo XIV, ha desarrollado toda una microcivilización con los mimbres que la naturaleza les impuso.

IMG_0283

IMG_1316

Atracar la barca en algún punto al azar de las orillas. Asomarse a otra perspectiva. Pasear. Maing Thauk, se sitúa al noroeste. Es una villa partida en dos, y ejemplifica perfectamente la dualidad que coexiste en el Inle: una parte flotante, que descansa sobre el lago, y otra terrestre unida por un largo puente de madera, donde jóvenes y veteranos ociosos disfrutan de las tardes densas e iluminadas. Al fondo, en las colinas cercanas, hay un monasterio en medio del bosque que se alcanza fácilmente en algo menos de una hora caminando.

IMG_1363

Main Thauk

IMG_0425

Cae la tarde en Main Thauk

El sol nos hace cosquillas. Decenas de niños salen a esas horas de la escuela, nos mezclamos con ellos. La algarabía de sus juegos y carreras son mejor que cualquier conversación que podamos mantener entre nosotros, así que vamos subiendo en sobrio recogimiento. Nos miran de reojo, sonríen. Me encantaría quedarme con ellos, ser su mentor durante un tiempo. Perderme en medio de la exuberancia que nadie valora, pocos conocen, y que no podrán arrebatarme. La mayor parte de los niños se dirigen a un edificio que hay más arriba. Hay un cartel en la puerta en inglés. Es un orfanato, sufragado gracias al proyecto de una ONG. Algunos niños nos observan interrogantes, saben lo que estamos leyendo. De pronto esta sencilla subida ha tomado otro cariz, más profundo y revelador. Quiero intuir, quiero extraer tantas cosas que no soy consciente de como se alejan, como se difuminan en medio de las instalaciones, en silencio.

El paisaje cambia. Recorremos un bosque bastante frondoso y el camino es cada vez más empinado. Nos quejamos, sudamos mucho. Preguntamos a una mujer Pa’O que baja con leña. No queda claro que esté cerca, pero seguimos ascendiendo, empeñados en llegar al puñetero monasterio. Cuando hasta uno mismo duda de la utilidad de emprender algo siempre queda el recurso de la cabezonería. Porque sí y punto.

Al fin los primeros monjes. Están arreglando el camino, desbrozando de maleza las cunetas. Machacando piedra en un mortero. Con el mismo atuendo color azafrán con el que rezan, pero remangado hasta las ingles. El monasterio se adivina unos metros de desnivel más arriba. Cruzamos una pequeña cancela, nos descalzamos. La pagoda en si no vale mucho, pero la vista es formidable. En el interior se venera una reproducción de cera muy fidedigna de un antiguo santón. No puedo asegurar que no sea el mismo monje disecado, pero no nos atrevemos a preguntar por vergüenza.

En el exterior dos novicios pasean con sus familias. Están muy interesados y contentos de que hayamos subido hasta aquí. Los monjes hablan inglés, charlamos un rato con ellos. Nos piden unas fotos con su familia. Yo les hago una con mi cámara. Súbitamente aparece una Blackberry debajo de su túnica, me señala a la pantalla. “¿Puedes mandarme la foto a mi correo electrónico?”, me pregunta zalamero. Yo que todavía ando en shock por el truco de la Blackberry tardo un poco en responder. “Por…supuesto; En cuanto llegue a Singapur. Dalo por hecho”. El monje me mira guasón. Con una mano se arregla los pliegues de la túnica, con la otra teclea en su teléfono.  Parece que Buda no es el único que ya alcanza a tener cobertura en la Pagoda.

IMG_1347

Se acaba este viaje. Quedan aún muchas horas de espera en aeropuertos y estaciones, pero todos sentimos una punzada en el corazón. La extraña y cálida sensación de que algo te atravesó y está a punto de abandonar tu cuerpo. Es difícil buscar un colofón adecuado a estas líneas que llevan despertando recuerdos y emociones desde hace ya casi tres meses. Me he enamorado de este país. Volveré, puede que con otra compañía o quizás no, pero Birmania me devolverá otro reflejo. Y yo tampoco seré el mismo. No sé que nos deparará el futuro, pero espero que me siga impactando, al menos como este paisaje y su maravillosa gente lo hizo.

Nos quedamos solos, disfrutando del atardecer. El lago Inle vibra en oleadas de color. Millones de fotones golpeando mis retinas desde un punto infinitesimal.

Jayzu Myanmar; Jayzu compañeros.

FIN

IMG_1354

 

Texto: Miguel A. Calero Torralbo

Fotografías: Miguel A. Calero, Rocío Jiménez, Lucía Manresa.

Anuncios

6 Respuestas a “Crónicas Birmanas (VI). Lago Inle, edén anfibio.

  1. Excelente crónica. Compruebo que no soy el único que quiere regresar de inmediato al Lago Inle. Recuerdo los tres días que pasamos allí como una alucinación.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s