Crónicas Birmanas (V). De caminos y veredas, parte 2.

Amanece en la aldea. Apenas asoman tímidos los primeros rayos ya hay gente de faena. Aquí no hay luz eléctrica, la actividad humana la marca el fotoperiodo. El sol manda. Las tinieblas son para dormir, para descansar, para acariciarse. Nos hemos acostumbrado a disfrutar este horario desde que pisamos Myanmar. No es país para el que busca el placer soterrado de la noche. Para esos menesteres hay destinos cercanos mucho más aconsejables.

Mujer Pa’O empezando el dia

Los niños nos rodean mientras apuramos el aseo mañanero. En sus ojos se refleja la sorpresa, el ansia perenne de explorar qué hay más allá de nosotros mismos. Qué se oculta en el lugar de origen de estos extranjeros, que hablan lenguas extrañas, visten de una manera tan distinta a sus padres y manejan seductores cacharros tecnológicos. Sin quererlo, las visitas periódicas a esta aldea van emponzoñando lentamente la mente de estos niños. Una conquista silenciosa de la que somos en gran parte responsables. Y es que inevitablemente, estamos propagando un virus. El observador siempre modifica lo observado. Sean cuales sean las consecuencias de ese cambio para su entorno, ya se está produciendo: hay televisores en las casas, alguna antena parabólica. El entretenimiento, la tecnología de la comunicación es la pionera colonizadora. Nuestros genes sociales dictan la necesidad.

Una niña, casi en la frontera de la nubilidad, no para de clavarme sus negros ojos en los míos, con una tibia determinación, como si temiera preguntarme algo. Analiza mi cámara, el objetivo, las sinuosas formas del cuerpo la hipnotizan. Yo, algo avergonzado, desvío la mirada, me entretengo con las preciosas bandoleras multicolores que llevan. Bordadas a mano, quizá por su madre o su hermana mayor. Poco más que un par de cuadernos, algún bolígrafo. Se agarran a ellas como si temieran que se las arrebatáramos, tan grandullones nosotros y tan llenas nuestras mochilas y bolsillos.

Se alejan lentamente camino del colegio. Risas, empujones, miradas de soslayo. Sólo la educación puede ayudarnos. Sin un espíritu y una formación crítica que permita discernir las distintas capas de la agobiante realidad global que les espera, muchos de estos niños estarán perdidos. Como tantos otros que ya pululan desorientados por las mastodónticas urbes infradesarrolladas de este planeta. Almas de suburbio, frustradas, aniquilada su identidad, todo por la realización de un sueño que jamás podrán reproducir con sus propias manos.

Vemos los primeros hábitos de la mañana, recorriendo la aldea en silencio, en busca de la caridad diaria. En este país incluso el que menos tiene, siempre saca de no se sabe dónde un cuenco de arroz para calmar el estómago de los monjes. Son el reservorio espiritual del pueblo. A cambio, el pueblo los libra de toda necesidad mundana de mantener y alimentar su cuerpo.

Desayuno exquisito para variar, y comenzamos la jornada. Ya hemos dejado atrás los montes y pinares que rodean Kalaw. La orografía se ha suavizado, a partir de ahora la presencia humana se hará más patente. Mayor densidad, cualquier espacio llano o de pendientes ligeras está ocupado por cultivos. Detenerse y observar lo que sacan de la tierra es parte del interés de este viaje. Arroz por supuesto, pero también chile, sésamo o colza. Son especialmente llamativos los campos de jengibre. Acostumbrados a ver la raíz en los mercados, nunca nos habíamos percatado de la belleza de la parte aérea. Hojas lanceoladas opuestas, verde intenso atravesado por elegantes nerviaciones amarillas. En estas cotas de cierta altura crecen a las mil maravillas. También destacan decenas de especies de vegetales y hortalizas que complementan la dieta y el mercado: repollos y otras verduras de hoja, zanahorias, rábanos; Multitud de variedades de berenjena y calabazas. Tomateras. Los campos de chile están en flor, pequeñas y delicadas, nadie dirían que esconden el fuego en su interior. Las lomas punteadas de blanco se cimbrean con la brisa. Casi puedo escuchar el ligero campanilleo del aire al pasar por su interior.

Campo de jengibre y niño

El Rey del repollo de Kalaw

Hombre Pa’O en la ventana de su casa

Atravesamos un pueblo propiamente dicho. Carreteras asfaltadas. Se oyen motores. Tiendas con anuncios de whisky y cerveza. Paramos a repostar, y justo a la izquierda un puesto de betel. No me puedo ir de aquí sin probarlo. Siguiendo las instrucciones de Kumar y un grupo de locales expectantes me introduzco la mezcla en la boca. Joder, sabe a rayos. Casi como lamer una pared encalada. Se supone que uno debe salivar el bolo y moverlo de una parte a otra de la mandíbula, a la altura de las encías y debajo de la lengua. Al rato la sustancia activa de la nuez de betel pasa a tu torrente sanguíneo y uno se siente eufórico, despierto. La verdad es que no noto nada. El chico alemán que también se ha atrevido está igual que yo. Miradas de complicidad, de no entender muy bien porque demonios se dejan los dientes y la boca en mascar estas porquerías. De pronto me viene a la mente la primera vez que le pegue una calada a un cigarrillo, que bebí un buche de cerveza, que sorprendí a una chica desnuda. No es que me llamara mucho la atención, pero ahí sigo, enganchado a las tres. Supongo que como todo rito de iniciación del placer mundano, necesitas un cierto bagaje para disfrutarlo plenamente. Mi amado público me indica con gestos que ya es hora de que lo escupa. Saliva roja de sangre, parezco un tuberculoso en sus últimos días. Están entusiasmados los locales; Este extranjero es de los nuestros, deben pensar.

Seguimos camino, volvemos a salir de la civilización y enfilamos valle arriba. Al otro lado de las colinas nos espera el monasterio donde dormiremos esta noche. Antes paramos a comer, una especie de caserío que parece flotar en la paz de la sobremesa. Al fondo, unos hombres se dan maña construyendo cestas de bambú. Enormes, se usan para transportar todo tipo de enseres. Uno puede detener el tiempo observando como usan las manos, casi imposible seguirlos con la vista. El limpio movimiento mecánico de sus falanges trenzando, el sajado del machete a través de las fibras. Me siento un rato con ellos. Me miran, sonríen y siguen al tajo.

Haciendo cestas_1

Haciendo cestas

Haciendo cestas_2

Después de comer el paisaje se torna más diverso. Arrozales de verde interminable, hombres trabajando la tierra con arados tan rudimentarios que ni mi abuelo reconocería. Atravesamos un pequeño puerto y volvemos a caer a un nuevo valle, éste mucho más estrecho. Al otro lado, nos dice Kumar, se encuentra el monasterio. La lluvia hace acto de presencia, hasta ahora nos había respetado bastante, pero ha decidido que no podemos irnos del clima monzónico sin sufrir sus espontáneas bravuconadas. La gota fría es un chiste al lado de esto. En menos de diez minutos la escorrentía baja tumultuosa arrastrándolo todo a su paso. Kumar decide hacer una parada estratégica. Un agujero oscuro que resulta ser una tienda. Dentro, unos parroquianos fuman y charlan tranquilamente con los dueños. Entramos a refugiarnos del diluvio, que ya alcanza proporciones bíblicas. En un espacio diminuto nos amontonamos como podemos, nos ofrecen un poco de té. Nosotros les ofrecemos galletas. Los anfitriones no paran de reír, de hacerse bromas entre ellos. El hombre gesticula exageradamente, intentando así compensar la barrera idiomática. Kumar hace de intérprete; “Es su mujer”, nos dice. Para demostrar que no miente, el marido hace el amago de agarrarle una teta. Estallamos en carcajadas; Son pura comedia. Afuera llueve sin compasión pero nosotros hacinados disfrutamos del refugio, de la calidez que emana del corazón de esta gente. Es un arte hacer reír a los demás. Qué fácil provocar el llanto, que poco mérito el destrozarnos unos a otros por dentro.

Los cielos se apaciguan y salimos a la intemperie. Nuestro amigo hace un trecho a nuestra vera. Al rato nos presenta a su hija, que viene andando del colegio. Nos despedimos con efusividad. Seguimos pendiente arriba. Una mirada fugaz hacia atrás, el hombre lleva de la mano a su niña, la protege de resbalones, la coge en volandas, entre risas, y la hace volar sobre los charcos. La niña abre los brazos, se deja llevar. Se impregna el rostro de atmósfera lavada. Huele a campo, a pan horneándose, a tierra recién parida.

Arrozales

Arando a la antigua usanza

La pareja risueña_1

La pareja risueña_2

Vamos sorteando los torrentes efímeros que se han formado en apenas unos minutos. A lo lejos se adivina ya la pagoda del monasterio. Es la parada clásica por antonomasia en este recorrido. Justo al otro lado espera el lago Inle y la gran mayoría de senderistas hacen su última noche aquí. Kumar nos cuenta que en temporada alta pueden llegar a juntarse hasta 60 personas durmiendo. Nosotros vamos a tener suerte, seremos los únicos pernoctadores esta noche, junto con los monjes. En Myanmar es bastante común que sus habitantes pasen alguna época de su vida vistiendo el hábito budista. El periodo es lo de menos; Algunos para siempre, otros un par de años. Es una muestra de prestigio social y para muchas familias rurales es la única manera de conseguir educación completa para sus hijos, además de ahorrarse una boca que alimentar. Este monasterio lo ocupan una docena de niños. El de más edad, que hace de jefe y tutor del resto, no llega a los 16 años. Muchos son demasiado pequeños para entender siquiera que es lo que están haciendo. Se encargan del mantenimiento y limpieza del monasterio. Los locales del pueblo vecino los alimentan y cuidan de ellos. A cambio de un donativo cualquier viajero puede pasar la noche en las tablas de madera del templo. Aparte de vigilar y cuidar las instalaciones, los niños se forman y educan en los preceptos de su religión.

Entrada al monasterio

El monasterio está hecho enteramente de madera, una magnífica obra de artesanía. Hay partes que aparentan siglos de existencia. Cuando llegamos los niños están viendo la televisión, en una esquina. Algunos ni siquiera llegan a los 7-8 años. Nos observan tímidamente, entre cuchicheos. Sólo su túnica azafrán y su cabeza rapada los delata como guardianes de cultura. Su mirada no.

Al lado del monasterio está la escuela de la villa. Se cae a cachos. Una alberca de agua límpida y cristalina. Unos pilones para asearse. Algunas gallinas parloteando. Cae la tarde y nuestra última cena. Sentados como apóstoles van llegando las viandas. La oscuridad se difumina entre las antorchas eléctricas y las velas. Nuestros guías nos enseñan algunos juegos locales, de ingenio y habilidad. Hemos comprado una botella de ron en el pueblo a mediodía y al rato corre ya por la sangre de los viandantes. Poco a poco la noche va apagando nuestros gritos y chascarrillos. El suelo duro de madera espera.

Me despierto sobresaltado. Todavía no ha amanecido. Se oyen pasos, se deslizan suavemente, evanescentes. Los niños ya están levantados, barriendo el templo, preparando su jornada. En medio de la penumbra, las túnicas parpadean, desaparecen en medio de las columnas, como si estuvieran jugando al escondite. Hay velas encendidas, arrodillados en torno al retablo, hay varios chicos rezando. Un polvo iluminado apenas imperceptible los rodea. Decido levantarme. Y es que aún no tengo claro que no esté soñando. Quizá un poco de aire fresco me siente bien. Afuera el mundo se despereza. Los niños desayunan. Me acerco y les pido un poco de té. Me lo ofrecen encantados, con una sonrisa franca que me desarma. Me siento con ellos, soplo el té caliente. Sorbo en silencio. Contemplo.

Mis compañeros de aventura se van despertando. Ha llovido toda la noche y casi nadie ha dormido mucho. Encima el monasterio está infectado de chinches. Se han cebado pero bien. El peaje por disfrutar de este tipo de sitios. Ningún esfuerzo sale gratis.

Después del desayuno de nuevo empieza a jarrear fuerte y los guías nos proponen una alternativa: pueden alquilar un camión para que vayamos todos atrás y realizar la última parte del camino más cómodamente. Yo prefiero seguir andando pero la democracia es lo que tiene, decide la mayoría. Aunque el viaje en camioneta también tiene su punto. Protegidos por una lona al principio, al final decidimos quitarla para disfrutar del paisaje aunque nos calemos levemente. El camino se retuerce en medio de colinas llenas de arbustos bajos. Un paisaje familiar, me recuerda a las interminables ondulaciones de Sierra Morena. Antaño toda la zona estaría cubierta de árboles, pero la presión de pastoreo y el uso de la madera como biomasa han conformado este ecosistema. Hay obras a lo largo del camino, parte va a ser asfaltado. El inevitable progreso llegará pronto hasta aquí, en pocos años el boom de lo instantáneo, del turismo de autocar climatizado, invadirá también estos parajes. Los que buscan otra realidad cederán el puesto, darán un paso más, irán abriendo nuevas vías, buscando ese cóctel de sudor, parásitos y espacios abiertos que tanta vida insufla a sus corazones. Afortunadamente, el mundo es lo suficientemente grande y nuestra vida lo suficientemente corta para que todavía queden lugares donde huir si la ocasión lo permite. Sitios donde la sonrisa procesada, el aire comprimido, la comida desbravada, no sea la norma.

Llegamos por fin a Inthein, al final de un canal que desemboca en el Inle. Es mucho más temprano de lo acordado y las barcas que nos llevarán atravesando el lago hasta la ciudad principal, Nyaungshwe, no están listas todavía. Unos cuantos del grupo decidimos hacer tiempo con los dos guías más jóvenes y dar un paseo por la zona. Nos dirigimos a una famosa pagoda y su conjunto monumental, la Shwe Inn Thein Paya. Inle es uno de los sitios más turísticos de todo Myanmar y la zona está anegada de locales vendiendo baratijas y turistas inmaculados. Después de tres días viviendo a nuestro aire el contraste es brutal. Supuestamente hay que pagar para entrar a ver la zona de las ruinas y hacer fotos, pero el ir medio zarrapastrosos charlando animadamente con Cash y pasando de todo es lo que tiene. No parecemos dólares con patas y entramos sin que nadie se fije en nosotros. El sitio se extiende a lo largo de una ladera trufada de stupas (más de mil), que los budistas con medios económicos construyen como medio de alcanzar la iluminación o al menos asegurarse una próxima reencarnación ventajosa. Muchas están en ruinas, algunas son casi tan antiguas como las de Bagan, otras están en proceso de renovación o construcción. Erigidas a lo largo de casi cinco siglos de existencia. Para mí sin duda lo que hace a este lugar interesante es el hecho de ser un espacio sagrado que se ha venido utilizando durante tantas generaciones de forma ininterrumpida.

Cash tiene ánimo explorador hoy, y nos convence para seguir ladera arriba por un camino desierto. Ni él mismo tiene muy claro dónde vamos, pero nos dejamos arrastrar por su ímpetu y determinación. El cielo se abre. El solazo y el ritmo desenfrenado que impone Cash van haciendo mella. Para a preguntar un par de veces. Entre risas, intenta engañarnos como niños para que sigamos subiendo. Nosotros, picados ya por la curiosidad, nos dejamos hacer. Torcemos por un pequeño sendero que se dirige a un antiguo mirador, hoy en día casi en desuso. Cash no deja de parlotear, nos anima e impide que demos marcha atrás por donde hemos venido. Es infatigable.

Cuarenta minutos de interminable subida. Llegamos destrozados, sudando como cerdos y maldiciendo entre dientes. Pero la vista lo compensa todo. El lago Inle se abre en todo su esplendor ante nosotros. Refulge como un espejo gigante, donde se reflejan las colinas cercanas. Pequeñas aldeas aquí y allá adornan el perímetro como un collar de abalorios. Cash nunca había subido hasta aquí ni conocía la zona, así que todos estamos muy contentos. Otro sitio más que mostrar y que añadirá valor a su experiencia como guía. Me alegro mucho por él.

Subida a los cerros cercanos al lago Inle

Los sufridos exploradores. Abajo a la derecha, Cash.

Mientras tanto el otro grupo ha aprovechado bien el tiempo; Van cocidas de cerveza, cómplices, llenas de ánimo. Va llegando el momento de la despedida. Esta experiencia nos ha dejado huella. El paisaje de Kalaw enamora, pero sobre todo sus gentes y la sensación de estar viviendo algo realmente auténtico, libre de adulteraciones de ningún tipo. Le doy un apretón de manos a Kumar, al cocinero, al resto de guías. Un abrazo para Cash. Les deseo lo mejor, ojalá nuestros caminos se crucen otra vez.

Montamos en la embarcación, alargada y a motor. Comienza una nueva etapa de nuestro viaje. Desde la orilla nos despiden Kumar y Cash. Uno casi desafiante, soberbio y de pie. El otro sentado, la mirada dulce, sostenida. Se pierden al doblar un recodo del canal. Respiro profundamente. Necesitaré un tiempo para asimilar todo lo aprendido.

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Texto: Miguel A. Calero

Fotografías: Miguel A. Calero, Lucía Manresa

p.d. debajo tenéis una galería donde podéis disfrutar de las fotos de las dos últimas entradas, además de alguna extra. Saludos Flamencos!!!

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4 Respuestas a “Crónicas Birmanas (V). De caminos y veredas, parte 2.

  1. Que maravilla, como hemos disfrutado,parece que estabamos ahí
    las fotos son todas muy bonitas.
    Un besazo.

  2. He tardado en leerlo, pero al final ha merecido mucho hacerlo; que capacidad evocadora tienes, mamón.

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