Crónicas Birmanas (IV). De Caminos y Veredas.

Durante los siglos de colonización y expoliación europea del mundo, los británicos sufrieron hasta la extenuación el calor abrasador de muchos de sus dominios asiáticos. En cuanto tenían la menor ocasión establecían localidades a cierta altura donde pasar sus periodos vacacionales y huir del verano subtropical. Prueba de ello es la multitud de poblaciones de montaña en India, Malasia, Pakistán o Nepal que deben su existencia al ansia de refrigerarse de los ejércitos y funcionarios anglosajones. Incluso en un país como Singapur, 100 kilómetros al norte del Ecuador, y con una pírrica altura máxima de 163 metros, el mismísimo fundador de esta ciudad, Sir Thomas Raffles, encaramó su primera residencia en la mayor prominencia cercana al puerto que pudo encontrar, Fort Canning; Desafiando incluso las creencias locales que veían en esa colina un lugar prohibido donde vagaban infatigables las almas de sus antepasados. No creo que Raffles se amilanara por esos cuentos de vieja, aunque quizá no valoró el riesgo de ser abordado por un venerable fantasma a cambio de unas míseras briznas de brisa extra (Fort Canning se encuentra a unos vertiginosos 60 metros sobre el nivel del mar; el alivio debió de ser más por la ilusión de estar en alto que por la diferencia de temperatura).

Birmania, dominada de forma más o menos continua por los ingleses de 1826 a 1948 no iba a ser la excepción, y los británicos tardaron menos que canta un gallo en buscar un emplazamiento adecuado donde combatir la canícula. En 1896 se erigió el puesto militar de Pyin Oo Lwin al este de Mandalay, que acabaría siendo toda una ciudad y residencia oficial de verano del gobierno británico en Yangón. Unos años más tarde, al mismo tiempo que se completaba el ferrocarril del alto Burma, los funcionarios británicos fundaron Kalaw, a 1320 metros sobre el nivel del mar y estratégicamente situada en el límite entre el estado Shan y la región de Mandalay. Aislado, con un clima perfecto que no supera los 25 ºC durante la estación seca y rodeado de bosques, agua y caza en abundancia, pero también de fértiles valles donde abastecerse de alimentos cultivados.

Aprovechando la coyuntura de la construcción del ferrocarril, miles de inmigrantes procedentes de los dominios británicos en Nepal e India contribuyeron a la creación de esta estación de montaña y acabaron quedándose. Como consecuencia, Kalaw hoy tiene un aspecto y sabor Himalayo cuanto menos curioso. Gran parte de los descendientes de estos Gurkhas, Sijs, Hindúes y Pakistaníes viven todavía en la ciudad. Hay varios restaurantes de comida india y nepalí, y muchos de los alojamientos y establecimientos turísticos están regentados por estas etnias.

A Kalaw, aparte de empaparse del clima agradable y sentir el ambiente colonial fronterizo que te rodea, se viene a patear y disfrutar de la naturaleza. Las opciones son múltiples y variadas. Se puede hacer un trekking de varios días alrededor de las montañas que rodean la ciudad o dirigirse colina abajo hasta el lago Inle, que se encuentra tan sólo a 60 kilómetros dirección este. Para llegar, además de un cierto desnivel, hay que salvar varias sierras y valles que se hallan ocupadas por casi una docena de etnias tribales diversas, cada una con su lengua y costumbres. Destacan por su número los Pa’O y los Palaung. Los Palaung (o Rumai como se designan ellos mismos), se distribuyen por el norte de Tailandia, Birmania y la provincia de Yunnan en China. Son un pueblo fiero e independiente y han tenido múltiples enfrentamientos con el ejército Birmano hasta hace bien poco. Para más inri, gran parte de su territorio original está controlado por mafias y traficantes en lo que se conoce como el Triángulo Dorado del Opio. Debido a estos conflictos, muchos Palaung han tenido que refugiarse en Tailandia y otras zonas remotas de Birmania en los últimos 50 años. De hecho, los Palaung establecidos en los alrededores de Kalaw son el resultado de esos flujos migratorios forzados, puesto que su lugar de origen está más hacia el este, cerca de la triple frontera entre Laos, Myanmar y Tailandia.

Mujer Palaung cerca de Kalaw. Fuente: Wikimedia commons

Los Pa’O si son originales de la zona y el segundo grupo étnico en importancia en el estado Shan después de los mismos Shan. Suelen estar restringidos a las zonas rurales montañosas, mientras que los Shan ocupan las ciudades y valles fluviales. Las mujeres son fácilmente distinguibles cuando portan el traje tradicional de color azul índigo y un turbante de vivos colores en la cabeza. En su elegante vestimenta está escrita parte de su historia y mitos fundacionales: El turbante y la forma en que se lo colocan en la cabeza simboliza a la Madre-Dragón, que según la leyenda puso un huevo gigante que eclosionó dando lugar a los primeros Pa’O. En el siglo XI fueron conquistados por el imperio Mon y hechos esclavos. El emperador prohibió que llevaran ropas multicolores, similar al patrón que hoy observamos en los turbantes, y los obligó a utilizar unos atuendos simples sin adornos y de color negro u oscuro. De esta forma eran fácilmente distinguibles del resto de tribus, señalando además su condición de servidumbre. Aunque hoy en día son un pueblo libre, han continuado usando los trajes oscuros como forma de recordar su implacable pasado.

Mujer Pa'O y campos de jengibre detrás

Mujer Pa’O y campos de jengibre detrás

Ambos grupos son avezados agricultores y grandes conocedores de su entorno, al que acuden para complementar su dieta y buscar remedios naturales. Un dato interesante, al menos para aquellos que disfrutamos aprendiendo sobre el origen y genealogía de las lenguas del mundo, es que los Shan, Palaung y Pa’O a pesar de compartir un pequeño territorio, hablan idiomas completamente distintos. Cada uno pertenece a tres de las ramas principales de lenguas del sudeste asiático. La lengua Shan está emparentada con el Tailandés y el Laosiano, mientas que la Pa’O es de origen tibetano. El idioma Palaung se asemeja al grupo de lenguas cercano al Khmer Camboyano o el vietnamita. Prácticamente todas las familias principales de lenguas del sudeste asiático continental (unos 240 millones de personas), están representadas en una extensión similar a la provincia de Sevilla. Si a eso añadimos la diversidad que aportan nepalíes e indios, el resultado es fascinante. Un cruce de caminos inmemorial.

Con todos estos mimbres, no es de extrañar que Kalaw fuera uno de los platos fuertes de nuestro itinerario. Después de dar muchas vueltas, consultar guías, foros y blogs, decidimos que lo mejor era contratar un guía y hacer un trekking de tres días y dos noches que a través de los montes y valles de Kalaw, nos condujuera a los pies del Lago Inle.

Desde Bagan, alquilamos una furgoneta con conductor previo paso por el Monte Popa, uno de los lugares de peregrinación budista más importantes de toda Birmania. El monasterio se asienta sobre un promontorio de origen volcánico y aunque las vistas desde abajo merecen la pena (el templo parece que siempre estuvo ahí, surgiendo de la piedra misma como una seta en otoño), la subida decepciona un poco. Hay bastante suciedad y gran parte del recorrido está repleto de tiendas llenas de los mismos vulgares suvenires que inundan los sitios turísticos budistas del sudeste asiático.

Monte Popa

Monte Popa desde la base. Lo mejor de la visita

Quizás lo único que realmente merezca la pena sean los distintos altares y efigies de monjes famosos y venerados como dioses que se alinean a lo largo todo el recorrido. Pero esta imaginería y su función no se puede apreciar si no te acompaña alguien que te explique lo que ves. Vamos, lo de siempre: hay construcciones humanas que te noquean por su belleza y encanto atávicos, como Angkor, el Coliseo de Roma o Machu Picchu (aunque un guía siempre enriquece la visita), y otros necesitan ser contextualizados porque la conexión emocional y estética no es apreciable a simple vista.

Para colmo hay macacos. Y son de los más osados y agresivos que he visto en mi vida (y eso que ya nos hemos peleado con unos cuantos). Seres sagrados que no deben ser molestados. Los mismos vendedores de recuerdos te ofrecen comida para los simios. Éstos han perdido completamente el miedo a los humanos y por supuesto, los humanos también hemos perdido la capacidad de advertir las señales y leyes de la naturaleza (cuando daño han hecho las caricaturas abrazables de Disney et al.). Durante la visita fuimos testigos al menos de dos ataques directos de estos ladronzuelos. En uno de ellos, un par de macacos confabulados decidieron que el cucurucho de semillas que portaba una niña y con el que se entretenía alimentándolos, no estaba siendo dispensado al ritmo que ellos demandaban. Después de una estudiada emboscada, digna del aplauso de cualquier aficionado a ese tipo videojuegos de guerra que recrean la violencia sin sufrirla en tus propias carnes, los monos se abalanzaron sobre su presa. Ni las carantoñas y besos de su madre y la numerosa familia que la acompañaba fueron capaces de consolar el terror que se adivinaba en su llanto. Trauma al canto y los monos mientras tanto dándose de ostias por un birrioso cucurucho de garbanzos tostados. Luego dirán que no se parecen a las personas. Animalicos.

Macaco en la cima del monte Popa

Ojito con los monos del monte Popa. Detrás de esa dulce mirada se esconde una mala ostia de cojones

Sobre el mapa Kalaw parece a tiro de piedra. Pero nunca hay que olvidar que esto no es Europa o USA, no hay carriles espaciosos tirados a escuadra donde uno pueda pisar el acelerador a sus anchas. Tampoco hay innecesarios coches de tropecientos caballos. Aquí se conduce al ritmo que marcan las paradas para comer y echar un cigarro, y se llega cuando se llega. En nuestro caso se tradujo en unas 6 horas para recorrer los apenas 150 kilómetros que separan Bagan de Kalaw. Eso si, también incluyó una de las comidas más memorables de todo nuestro viaje, en un encantador restaurante de carretera donde nos cebaron como bestias a punto de ser sacrificadas, a un precio tan ridículo que me da vergüenza escribirlo. Quizá sea este el momento para detenerme un rato y hablar del genial modus operandi gastronómico local.

La comida de Myanmar bebe de su propia inventiva pero está claramente influenciada por sus vecinos chinos y tailandeses, los reyes culinarios de la región. Adoran los curries y todo tipo de sopas con fideos al estilo tailandés. Sin embargo, aunque especiada y con el sabor a hierbas frescas que caracteriza a los tais, el resultado final es mucho menos picante. Lo que muchos paladares occidentales agradecen. La gran característica de la comida tradicional y que los españoles ovacionamos como si fuera el mismísimo puchero de la abuela, son los platos que acompañan al pedido principal. Es decir, que uno pide los curries o guisos que le apetezcan (normalmente incluyen carne o pescado) y como complemento e incluido en el precio comienza un desfile de guarniciones que parece no tener fin: arroz hervido, hojas de té fermentadas, ensalada, sopas y caldos de ignoto origen, tofú y decenas de hierbas y vegetales frescos o aliñados ligeramente, que sirven como complemento y equilibrio perfecto a la untuosidad del plato principal. Un auténtico festín. Aunque ya habíamos probado este tipo de servicio en Yangón, lo de este puestito anónimo fue una orgía pantagruélica. Nos daba reparo decirle a la simpática y afanosa señora que nos atendía que por favor dejara de sacar platos, que no cabía más ni en la mesa ni en nuestros estómagos. Supongo que la cara de hambrientos tragaldabas se nos adivinaba desde Pekín. Mientras tanto nuestro conductor nos observaba con ojos alegres, con esa sonrisa satisfecha del anfitrión que se sabe admirado por su tino y hospitalidad.

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Literalmente, los platos no cabían en la mesa.

Los últimos 40 kilómetros antes de llegar a Kalaw fueron especialmente lentos. La carretera serpentea subiendo reposadamente por unas colinas llenas de vegetación. El clima y el paisaje cambian por completo, pasando de una llanura de pastos, cultivos y dehesa, a un bosque cerrado con todas las tonalidades que la naturaleza, como pocos artistas, sabe abarcar. Las curvas y la espera se hacían casi ínfimas. Nada como un par de montañas de verde exótico para hipnotizar y mitigar el cansancio del personal.

Kalaw

Kalaw al fin.

Era media tarde y ya estábamos en Kalaw, que se derrama mansamente por un valle rodeado de brumosas colinas. Siguiendo las indicaciones de mi gran paisano y viajero Paco Vázquez (cuyos blogs sobre China y Birmania recomiendo encarecidamente), decidimos alojarnos en Golden Lily Guesthouse. Regentada por una familia de Sijs, se vanaglorian de ser uno de los pioneros en excursiones por la zona. Sus abuelos llegaron a principios del Siglo XX provenientes del Punjab, al norte de la India. La dueña (Lily) jamás ha pisado la tierra de sus ancestros, aunque conserva su religión y costumbres. El hotel es básico y correcto por el precio que se paga, aunque tiene un aire un poco tétrico y decadente. Una mujer pasea continuamente pasillo arriba y abajo, como ida. Parece una viejita de los cuadros esperpénticos de Goya. Más tarde descubriríamos que es la hermana de la dueña. Nos atiende un sobrino con cierto aire alelado para contratar la excursión. Explica brevemente el recorrido, nos ofrece un té con pastas. Dulce y especiado con hierbas frescas, me recuerda al te moruno marroquí. De entre todos los guías, Paco nos había recomendado a Mr. Robinson, el hermano de la dueña y toda una institución entre los mochileros que visitan Kalaw, pero desgraciadamente estaba en ruta en ese momento. Nos asignarían otro para el día siguiente. Excursión cerrada y tiempo de sobra para dar un garbeo por la ciudad.

Kalaw tiene fama por su mercado semanal, que no pudimos disfrutar por muy poco (se había celebrado la mañana anterior). Como centro comercial estratégico regional que es, todas las tribus de la montaña bajan para intercambiar productos y noticias frescas. Aparte de eso y de su aire serrano exótico, (como estar en Grazalema con pagodas), no tiene mucho más que ofrecer. Se recorre en un santiamén, pero da gusto pasear y mezclarte con los locales, que a pesar del turismo, siguen ensimismados en sus tareas cotidianas. Un grupo de monjes pasan a nuestro lado, adolescentes pasean arriba y abajo con sus motos y nos saludan, gente que sale del tajo y disfruta de su merecido descanso vespertino delante de un café o un buen vaso de ron birmano. La belleza de lo nimio, sentirse un voyeur privilegiado en cualquier punto remoto.

Nos acompaña Íñigo, un traductor freelance español que hemos conocido en el albergue. Viaja por medio mundo seis meses al año. Uno de los nuevos nómadas digitales que tan de moda se han puesto últimamente. Simpático y muy curioso, pasa la otra mitad del tiempo en una casa que tiene en Chiapas, México. Siento cierta envidia cuando me cuenta sus aventuras. “Echo mucho de menos España, no te creas”, me dice; “Pero no cambiaría esto por nada”. “Tiene que gustarte este tipo de vida, viajar sólo, ser extrovertido, conocer gente distinta y aprender de ellos. Porque si nom corres el peligro de encerrarte en ti mismo, y por mucho que viajes parecerá que no hayas salido de tu habitación en todo el tiempo”. Sonríe mucho. Mide bastante sus palabras antes de soltarlas. Me gusta este tipo.

Cenamos todos juntos y acabamos en un tugurio de mala muerte con parroquianos tocando la guitarra y fumando tabaco nacional. Bebemos ron con agua, que me arrasa la garganta. Alguien se atreve a tocar La Bamba al saber que somos españoles. Cantamos a coro, emocionados y a pleno pulmón. Me fijo en las manos del que aporrea la guitarra, a la que le falta una cuerda. Curtidas y llenas de cicatrices; Dedos gordos retorcidos como sarmientos, pero que a mí me seducen. Mi fijación por las manos de labrador es algo digno de estudio. Quizá porque me recuerdan a las manazas de mi abuelo cuando me llevaba de paseo por el pueblo. Quizá porque hace ya muchos años que no veo manos tan dignas, tan francas, como aquellas. El alcohol hace mella en la cara de muchos, se vuelven risueños, serenos por dentro. Como si de pronto recuperaran toda la pureza que perdieron de camino a la tan sobrevalorada madurez.

Nos retiramos a una hora prudente. Mañana empieza lo bueno. Dormimos arrebujados en una manta, disfrutando de las caricias del frío que se cuela por los rincones. Por primera vez en año y medio podemos dormir sin ventilador, sin sentirnos pegajosos.

Vistas de los montes alrededor de Kalaw

Comienza la aventura!

A la mañana siguiente el hostal bulle de actividad. Huele a café. Unas chicas fríen panqueques en una enorme olla. La gente prepara mochilas. La vieja goyesca no para de deambular de un lado para otro. Sonríe y nos observa, con esa mirada del que ve algo en ti que nadie más puede apreciar. Seremos tres grupos distintos. En realidad el recorrido es el mismo, pero para no desvirtuar el trekking con la marabunta, deciden que saldremos de forma escalonada, aunque nos acabaremos encontrando en los puntos de almuerzo y pernocta. Mejor para nosotros y un detalle que les honra. Nuestro grupo, uno mixto de tres chicas eslovenas y un alemán, y un grupo de canarias y catalanas simpatiquísimas, con las que haremos buenas migas durante el resto del trayecto. Empiezan a llegar los guías. Hay uno, el más mayor, que no para de dar órdenes; Aunque hacer, no hace mucho. Más bien se dedica a esperar sentado mientras masca betel como un condenado. Viste de una forma muy peculiar, a caballo entre un soldado de infantería y un boy-scout: chaqueta militar, pantalones cortos y polainas, todo rematado con una simpática boina verde. Más tarde descubriremos que es parte del atuendo oficial de los gurkhas, unos mercenarios nepalíes del ejército británico e indio, famosos por su fiereza y resistencia en el campo de batalla, y que aún a día de hoy siguen reclutándose para el ejército británico. Y es que Kumar, como así se llama el que será nuestro guía, es descendiente directo de esos míticos soldados que combatieron en las guerras Birmano-Británicas por el control del país. Aunque de su fiereza tan sólo queden su atuendo militar y una cierta mirada asesina que acojona y desconcierta un poco.

Kumar merecería un capítulo aparte para él sólo. Bravucón, soberbio, tramposo, machista, bastante borrachín y adicto al betel. Todo un regalito. Eso sí, pronto notaríamos su dominio y conocimiento de la zona y sus gentes. Las féminas del grupo enseguida lo calaron y le hicieron la cruz. Aunque no les falta razón, yo llegué a cogerle simpatía. No es mala persona, aunque sí muy bocazas. De los otros dos guías más jóvenes destacaba uno de ellos, Cash, medio nepalí medio birmano. Un chaval de 19 años que trabajaba para pagarse sus futuros estudios en la universidad. Todo un encanto: simpático, charlatán e ingenioso. Y con una curiosidad insaciable. La típica persona de la que es imposible no encariñarse. Todos ataviados con nuestros polares high-tech, nuestros pantalones Goretex y nuestras botas de montaña de tres cifras; Y él moviéndose como una cabra nerviosa entre grupos, con una facilidad pasmosa y con toda ayuda de un largo paraguas negro que parecía sacado de una novela de Sherlock Holmes, una camisa hortera de estampado indescriptible, unos pantalones de tergal y un par de zapatones que debían pesar como el infierno y que para colmo, le quedaban grandes. Desde luego, pareciera que los nepalíes estén hechos de otra pasta.

La primera parte del trekking transcurre por un camino que se aleja de Kalaw cogiendo altura. Hay que rebasar un collado para pasar al otro lado del valle. Bosques de coníferas se alternan con otros de hoja caduca y algún cultivo. El paisaje es de media montaña, podríamos tele transportarnos a los Montes de Toledo o las Alpujarras y nadie notaría la diferencia. Salvo por un detalle. Enormes búfalos, de cuernos y panzas interminables nos miran repanchingados, desperdigados por los márgenes encharcados del camino. Son un ganado muy apreciado en estas latitudes, y los locales los cuidan con mimo y atención. Animales de tiro idóneos para trabajar en terrenos inundados como los arrozales, su estiércol tiene un alto poder fertilizante y por supuesto proveen de leche y carne, aunque raramente se sacrifican a no ser que alguna fiesta o evento importante así lo requiera.

Bufalos acuáticos

Más a gusto que un búfalo en un charco.

Es la hora de comer y los tres grupos nos juntamos en una cabaña en medio de la nada. O eso parece. Al momento surge un hombre, abre una pequeña portezuela y ¡voilà! Aparece una pequeña tienda. Cuatro chucherías, agua, cerveza. Noodles instantáneos. Civilización. Rutas comerciales a pequeña escala que son usadas por los locales para sacarse un dinerillo extra. Me siento como un sucedáneo de Marco Polo en un caravasar del desierto Persa. Kumar y el hombre de la cabaña cocinan juntos. Pan chapati indio y fideos con chayote (Sechium edule), un fruto de la familia de la calabaza originario de México, pero que se cultiva y consume con fruición en el sudeste asiático e India. Exquisitos. La comida durante todo el trekking fue un punto a favor. Abundante y deliciosa, aprovechando ingredientes locales que iban adquiriendo por el camino. Compramos un par de cervezas. Nuestro anfitrión ya puede justificar el haber abierto hoy. En un momento dado Kumar nos pide el favor de hacerle una foto con su amigo. Asentimos, y en un abrir y cerrar de ojos nuestro tendero-cocinero aparece completamente transformado. Lleva un traje militar. Resulta que es más pluriempleado de lo que pensábamos porque también es el guardabosques de la zona. Es entrañable ver como se ajusta con precisión toda la indumentaria, sombrero incluido. Serio y cirncunspecto, mirado con gravedad al objetivo. Para él es algo muy trascendental. Para nosotros un clic más de los miles que acabarán olvidados en un disco duro de varios Terabytes. Qué valor tan distinto puede tener un objeto o un acto cotidiano para dos personas. Que fácil pulsar un botón, tirar de una palanca, abrir una bolsa y tragarse el contenido. Sin pensar de donde viene o porque manos ha pasado. Que cómodo para algunos. Hacemos varias pruebas, observa la pantalla LCD de la cámara y señala la que más le gusta. Sonríe. En menos de un minuto ya está de nuevo con su indumentaria civil, que ese traje militar es lo único que lo inviste de autoridad y no es cuestión de estropearlo tontamente. Longyi y camisa blanca, ajada por los cientos de lavados que lleva en lo alto. Se ve que por aquí no se estilan mucho las blusas baratas de esas cadenas textiles planetarias de usar y tirar.

Nuestro guía con el guardabosques del lugar

Resultado final. A la derecha Kumar, a la izquierda nuestro guardabosques-tendero.

La petición de instantáneas a lo largo del camino va a ser algo frecuente. Kumar hace de cartero improvisado durante el recorrido y reparte paquetes y fotos entre los locales que va encontrando. Muchos turistas le envían los retratos realizados durante sus trekkings y él se encarga de distribuirlos. Se detiene a lado de una señora Pa’O, la primera que vemos. Trabaja en un extenso campo de cultivo. Es arroz de montaña. El rendimiento es menor que el arroz de valle pero soporta mayores alturas. Un gorro de ala ancha cubierto de plástico impermeable le permite protegerse del sol y la lluvia. Kumar le muestra las fotos que saca de su zurrón, y la mujer va seleccionando aquellas en las que aparece gente que conoce. Vecinos, familiares. Una vez hecha la entrega, intercambian algunas frases, anécdotas y acontecimientos recientes y seguimos nuestro camino. Esto se repetiría a lo largo de las tres jornadas de forma periódica. Kumar habla Pa’O, (además de Inglés, Shan, Birmano, Hindi y Nepalí, o al menos eso dice él), y supone una gran ventaja para nosotros con respecto a los otros grupos, ya que nos permite interaccionar más intensamente con los locales.

Recibiendo el correo de manos de nuestro guía

Recibiendo el correo de manos de nuestro guía

A Kumar le gusta el papel de Cartero Real, lo lleva con altanería y cierta vanidad. Por el camino sigue alternando comentarios machistas y alguna que otra chorrada, con auténticas lecciones de sabiduría rural. Mejor obviar lo primero y centrarse en la habilidad que ha ido adquiriendo a lo largo de toda una vida pateándose estas montañas. Más de 15 años según cuenta. Antes de eso trabajó en el bosque como leñador y cazador. Señala unas hojas lanceoladas que detienen la diarrea. Las raíces de una planta pequeña de flores violetas y estrujadas van perfectas para el dolor de estómago. Si te sangra la nariz, puedes ponerte un cataplasma hecho con la sabia blanca que mana de un árbol parecido al abedul. Nos da a probar unos granos redondos que arranca de un arbusto. El sabor es ácido y punzante, a caballo entre el limón y el wasabi. Al rato de estar mascando se te duerme la boca, como si te acabarán de inyectar un calmante en la consulta del dentista. Todo un anestésico natural, y encima administrado en bolitas, con lo que puedes modificar la dosis a tu conveniencia.

Mientras avanzamos camino del collado puedo sentir la mirada acechante de Kumar que se llena con todo lo que su tierra le ofrece. Se le nota orgulloso de poder enseñarnos esto. Paramos en un mirador, al borde mismo de la entrada al valle. “Es uno de mis sitios preferidos” nos dice con la vista oteando al infinito. El panorama es realmente bello. La bruma va tejiendo un zigzag que se deja caer como un manto entre los picos de más altura. Todo se intuye lleno de vida. A lo lejos se adivinan varias aldeas, salpicando la monotonía del verde abismal del valle. Kumar se sienta, disfruta de la vista. Taciturno, se aleja un poco de nosotros y masca betel en solitario. ¿Cuántas veces habrá pasado ya por aquí? Cientos sino miles. Y ahí está, sentado, con esa mirada entre serena y placentera que pone un animal enjaulado la primera vez que huele la libertad. Como el pastorcillo que descubrió la imagen de Fátima. Como Miguel Hernández. Como nuestros antepasados. Empapándose de algo que le sana y le hace sentir en paz, apaciguando esos demonios que alimenta a base de betel y alcohol. Al menos, en este sentido, se merece el mayor de mis respetos. Aunque tenga momentos de capullo integral.

Desde aquí hasta la aldea donde pernoctaremos el paisaje es de ensueño. Avanzamos a través de campos de arroz montano, ese que no necesita ser inundado para que germine, y que con gran sabiduría se coloca al amparo de las laderas de valles y cañadas para que se nutra de la abundante escorrentía de la lluvia. Menos agua, pero más esfuerzo al cosecharlo. Sudor que riega y ennoblece el plato de estas familias, su principal sustento. Emociona ver como la tierra responde al mimo y a las manos expertas. Cada jornada sufrida a la intemperie es un puñado más de arroz, una brazada de jengibre, una planta de chile que florece con más fuerza cada año. Un minúsculo sendero, lo justo para que pase un hombre o su ganado, nos conduce al valle. Multitud de pasos, perdidos en el tiempo, han hendido su dolor y su esperanza cada primavera. Es como surcar el rostro descomunal de la tierra, acariciar sus arrugas. Miles de años se anidan en cada guijarro, en cada montón de arcilla.

Campos de arroz montano

 

Un maravilloso silencio nos premia con el mullido trajinar de nuestros pasos. Campos de luz verde que han amamantado a cientos de generaciones. Estos hombres y mujeres quizá no sepan conducir un coche, encender un ordenador, calentar un vaso de leche en un microondas. Pero nunca morirán de hambre.

No puedo decir lo mismo de nosotros.

Mujeres en la tarea

Cuidando con mimo y esfuerzo el arroz montano

 

Mujer Pa'O en campo de chile

Mujer Pa’O en campo de chile

Cae la tarde y un sol vespertino alumbra los últimos pasos del día. Hoy toca dormir en una aldea Pa’O, en una casa local. Los guías nos apremian: no hay electricidad y prefieren asearse y comenzar a preparar la cena con luz natural. Por el camino decenas de vecinos nos acompañan. Van finiquitando la jornada, volviendo a su casa, donde la familia espera. Las casas típicas Pa’O son de dos plantas, hechas de madera y bambú. La parte de abajo se reserva para almacenaje de grano y enseres. En la de arriba están los grandes dormitorios comunales y la cocina. Las letrinas, como se hacía tradicionalmente en las zonas rurales de España, se sitúan fuera del hogar principal. Una pequeña alberca con un grifo hace las veces de ducha improvisada, lavadora, lavavajillas y agua para cocinar. Nos lavamos como podemos, entre risas, con los últimos rayos de sol haciéndonos arabescos. La gente hace tiempo esperando fuera o en las habitaciones descansando. Yo entro a la cocina, donde los guías y un cocinero del albergue que ha venido en moto desde Kalow preparan el condumio. Me siento y observo. Cash como siempre no para. Me pregunta sobre mi país, mis costumbres, si estoy casado o tengo hijos. Alguien me pasa una botella de ron birmano. Siento de pronto una extraña sensación de cercanía. Escucho el suave crepitar del aceite en el fondo de una olla ennegrecida por el tiempo. Bebo un trago. Sonrío a Cash, A Kumar, al cocinero. Hablan y gesticulan en una lengua que desconozco. Gente contando historias alrededor del fuego, protegiéndose, haciendo más llevadero el paso lento del negro y desconocido frío exterior.

Llega el resto de grupo. Un par de rones me han temperado la sangre. Miro a mi mujer, a mis amigos. Compartimos una cena exquisita. Reímos, contamos historias alrededor del fuego.

Nos protegemos, haciendo más llevadero el paso lento del negro y desconocido frío exterior.

——

Texto: Miguel A. Calero

Fotografías: Miguel A. Calero, Rocio Jiménez, Lucía Manresa, Cristina Núñez, Álvaro Ortiz

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