Crónicas Birmanas (II). Oro en el firmamento, perros entre las piernas.

Ningún sitio como Yangon representa mejor la divergencia social y económica que comienza a experimentar Myanmar. A lo largo de la carretera que nos aleja del aeropuerto brotan edificios nuevecitos, a estrenar. Turbios en su imagen y concepción. Pinceladas de vidrio, cemento y metal que se encaraman al paisaje, engulléndolo. A la vez, nos rodean espacios marginales, chabolas, bloques desconchados, un tráfico infernal que no nos abandonará en toda la estancia. Una lluvia tropical, espesa y humeante, acrecienta la sensación de estar contemplando un mundo binomial.

Vamos en una furgoneta del hostal que hemos reservado, un clásico entre los mochileros que visitan Yangón, algo alejado del centro, pero del que hemos leído muy buenas críticas. Hay que ser cuidadosos con el alojamiento en Myanmar. La oferta es muy baja y la demanda altísima y subiendo. Los hoteles deben pagar impuestos especiales si desean alojar extranjeros, por lo que el precio se mantiene por las nubes, ofreciendo una calidad que no se corresponde con lo que pagas, sobre todo si comparas con países cercanos como Tailandia, Vietnam o Camboya.

El transporte desde el aeropuerto va incluido en el precio de la reserva. Un conductor y dos chicos del hotel ,que no llegan a 30 años entre los dos, nos acompañan. La mano de obra es tan barata que la mayoría de servicios turísticos siempre están abarrotados de personal. La educación es para los pudientes o para los monjes, y muchos padres envían a trabajar a sus hijos desde pequeños como medio imprescindible de sostener a la familia. Escuchamos nuestras primeras palabras en birmano, un idioma imposible de entender y mucho menos de leer. Usan su propio alfabeto lleno de curvas rotundas, muy sensual. Os desafío a que busquéis en la red un abecedario birmano y comprobéis vosotros mismos si sois capaces de ver menos de un par de tetas por línea, o incluso otras partes de la anatomía humana que prefiero omitir, que me consta que esto lo leen niños y gentes de bien.

Las risas encienden los rasgos oscuros e imberbes de los chiquillos. Llevan longyi, los primeros que vemos, la falda larga masculina tan típica de Myanmar. Atascados en medio de cualquier arrabal de las afueras, nos entretenemos con lo que el panorama nos brinda. La gasolina, la droga del viajero: respirar un sitio nuevo, abrir los ojos con fuerza, con la misma ilusión, la misma actitud absorbente de cuando tenías 6 años. Comentamos cada asociación de ideas absurda que nos viene en mente, reímos las ocurrencias del otro, nos quedamos fascinados ante una boca abierta llena de dientes gigantes que anuncia la consulta de un dentista. Escudriñamos cada fachada. Ajadas, llenas de musgo y líquenes, una verdina sucia que parece salir de las entrañas del edificio mismo. Vehículos que se mantienen vivos de milagro conviven con aquellos que observan el mundo a través del espejo tintado, climatizados dentro de sus coches de gama alta. Nuevos ricos que han decidido apearse del mundo, aunque por supuesto sigan viviendo de él. El agua arrastra la basura a lo largo de la calzada con furia. Llueve a saco. Estamos a mediados de Septiembre y asistimos a los últimos coletazos del monzón veraniego. Todas las guías recomiendan viajar entre Noviembre y Enero, algo así como la primavera por estos lares. La lluvia disminuye y el calor asfixiante ecuatorial da algo de tregua.

Tomamos rumbo sur. Alrededor del lago Inya se suceden nobles edificios, avenidas suntuosas llenas de árboles colosales. Aquí se ubica la casa familiar de Suu Kyi, donde estuvo recluida de forma intermitente casi 20 años. Fue la zona residencial por antonomasia durante la época colonial británica, y mantiene el caché. Los gentlemen británicos y los magnates del caucho son ahora sustituidos por embajadas, hoteles de lujo y casas soñadas por los mismos dueños de los coches de gama alta. El imperialismo, el quiste del poder concentrado, nunca abandonó el campo de batalla. Sólo cambiaron de dueño. Y a veces ni eso.

Atardece, llevamos casi una hora de trayecto, la mitad parados. De pronto, en medio de la negrura incipiente, surge la Shwedagon Paya, solemne. El fuego sagrado que lleva forjando la fe y la esperanza de esta sociedad desde hace miles de años. Yangon nació en torno a esta pagoda, el génesis y la obra más notable de toda la ciudad. Un templo hiperbólico en todas sus acepciones y uno de los centros de espiritualidad de un país que transpira devoción y abnegación por cada uno de sus poros. La leyenda atribuye a este monumento más de 2600 años. Desde que dos mercaderes birmanos se encontraran con Buda, trajeran a su patria ocho cabellos del maestro y construyeran la primera estupa del templo para contener esas reliquias. Ahí siguen en teoría, enterradas bajo toneladas de ladrillo, metal y pan de oro. Aunque posteriormente las investigaciones arqueológicas actuales hayan datado la construcción original en algún momento entre el siglo VI y X después de cristo, la nueva fecha no le resta belleza y singularidad.

En el siglo XVIII el Rey Alaugnpaya volvió a reunificar Burma bajo una misma bandera por tercera vez en la historia de esta región y fundó Dagon, el germen de la actual Yangon. Con la llegada de los británicos la ciudad cambió completamente de aspecto. En lugar de continuar el desarrollo en torno a la pagoda, decidieron reorientarla hacia el puerto fluvial. Comercio contra religión. Los británicos diseñaron toda una ciudad en la orilla del río del mismo nombre. El tiempo les daría la razón, y Rangoon, como la bautizaron, se erigiría como uno de los centros comerciales más importantes del sudeste asiático entre el siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. Una cuadrícula de calles apretadas aunque pulcramente trazadas, con un parque central en torno al cual se ubicarían los principales edificios administrativos. Por desgracia, hoy en día esta parte de la ciudad vive asfixiada por su propio urbanismo y por la dejadez de un gobierno que no cree en ella, ni en sus habitantes. Y menos todavía desde que la junta militar trasladara la burocracia y sus mansiones de lujo a la nueva capital en 2005.

Yangon sin embargo, sigue siendo el centro comercial, cultural y político de la actual Myanmar y conserva uno de los mejores paisajes urbanos coloniales del sudeste asiático. A pesar de eso, la ciudad sufre la falta de servicios públicos: el alcantarillado es casi testimonial y los mismo canales y ríos de hace 100 años siguen actuando de sumideros. La recogida de basura y limpieza es insuficiente para satisfacer a un pueblo que desarrolla aún gran parte de su vida y transacciones comerciales en la calle. Muchos opinan que esto no es casual. La gran mayoría de movimientos estudiantiles, intelectuales y religiosos promovidos para derrocar el régimen actual han salido de aquí, y eso es algo que los militares no perdonan. El gobierno ha decidido que una buena manera de luchar contra la oposición es hundirlos, literalmente, en la mierda.

Foto: Cristina Núñez

Gran parte de las construcciones singulares de la ciudad se encuentran en un estado casi ruinoso y muchas otras ven peligrar su existencia por el aumento del precio del suelo y la avidez de especuladores que no se preocupan por el patrimonio, y medran al amparo de la falta de control de la administración. Afortunadamente comienza a aparecer algunos atisbos de cambio. En 2012 se creó el comité del Patrimonio de Yangon (YTH), que se lanzó a la ingente y casi titánica tarea de catalogar y preservar algunos de estos edificios y espacios únicos. En las calles paralelas al rio Yangon se empiezan a ver algunos andamios, albañiles picando piedra, retocando fachadas. Aunque el tiempo es poco, y corre en su contra.

El centro colonial se extiende en torno a dos espacios icónicos: los jardines de Mahabandoola en torno a los cuales se ubica el ayuntamiento, las cortes y otros edificios coloniales formidables, y la Sule Paya. La Sule Paya posiblemente sea una de las pagodas más antiguas de Yangon (alrededor de 2000 años). Fue el monumento que los británicos usaron como centro geográfico para desarrollar su entramado urbano. Con una estupa de 46 metros, pocas ciudades podrán presumir de tener una de las glorietas más antiguas del mundo. El tráfico gira incesante en torno a ella, aislándola como una flor artificial, en medio del ruido y la polución. A pocos cientos de metros se alza imponente el mercado de Aung San. Un conglomerado de más de 2000 tiendas y talleres de artesanía, que venden, construyen y reparan casi cualquier cosa que puedas imaginar. Funciona como un Carrefour o un Corte Inglés cooperativo: los usuarios se benefician de la concentración de servicios, pero las ganancias se reparten entre los trabajadores. Fácilmente uno puede pasar horas ahí dentro. Los artesanos y vendedores se sitúan por sectores, y hay de todo. Joyas, ropa, lacados, alimentos, telas, antigüedades, hierbas tradicionales y medicinas. En torno al mercado se suceden los puestos callejeros de comida y las casas de té, que merecen un párrafo aparte.

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Casa de té callejera en torno al Mercado de Aung Saa.

Las casas de té y puestos callejeros son sin lugar a dudas uno de los espacios más característicos de este país, y el centro de reunión y ocio de la mayoría de Birmanos. A priori es difícil entender cómo pueden disfrutar tanto de una simple mesa de plástico y unos taburetes que están hechos para niños de jardín de infancia. Pero la cuestión es que los adoran. Sus sitios ideales para degustar un té, tomar algún platillo rápido y ver la vida pasar. No es casualidad que estén estratégicamente situadas en zonas donde el bullicio es más candente. Más clientes y más diversión para ellos. Es como el concepto de terraza que tanto nos gusta a los españoles: una cerveza fresquita, con sus patatas fritas, su tapita de queso u olivas, buena compañía, y a charlar de cualquier chorrada que se te ocurra. Muchas veces pueden ser conversaciones insustanciales, otras puede que nos estalle la cabeza por la iluminación, algunas incluso nos marcan para siempre. Es un placer viajar y percibir como hay más cosas que nos unen que aquellas que nos separan.

Además de té, fideos o samosas, en estos establecimientos también venden tabaco birmano y occidental suelto, al estilo de los quioscos de España en los años 80 y 90 (recuerdo comprar un cigarro por 3 duros). Suele haber puestecitos anejos donde preparan el betel, otro de los pasatiempos de Myanmar. Prácticamente todos los hombres y muchísimas mujeres lo consumen. El betel es en realidad una mezcla en la que intervienen dos plantas: una nuez que se obtiene de la palmera Areca catechu, y una especie de enredadera que es la hoja de betel propiamente dicha. La nuez se filetea o se corta en trocitos y se impregna de una sustancia liquida blanquecina aglutinante (hidróxido sódico o cal muerta), a la que se añade tabaco o alguna sustancia aromática como clavo, anís o cardamomo. Todo este conglomerado se mastica lentamente, se pasa de carrillo a carrillo, cual hámster llenándose los abazones, permitiendo así que los principios activos del mejunje vayan poco a poco invadiendo el torrente sanguíneo. El betel o ku-nya como se le denomina en Myanmar, es un estimulante que actúa de forma análoga a la cafeína, aumentando la concentración, disminuyendo el sueño y el apetito. También incrementa la salivación y mejora la digestión.

Puesto con mujer preparando betel

Como resultado de este hábito, el suelo de Myanmar está cubierto de escupitajos rojos y los dientes de la mayoría de los hombres de más 30 años serían la pesadilla de cualquier dentista. La nuez los tiñe de un rojo parduzco y la excesiva salivación acaba descalcificándolos. Curiosamente, hasta hace bien poco las sonrisas oscuras eran consideradas un signo de belleza en Myanmar (y todavía lo siguen siendo en algunas zonas rurales), debido al contraste con la piel blanca que tanto gusta en Asia. Muchas mujeres usaban productos específicos para ennegrecer su sonrisa. Recientemente se ha demostrado que el betel aumenta la probabilidad de sufrir cáncer oral, pero está claro que como el tabaco y otras adicciones del mundo occidental, no es algo que preocupe mucho a los birmanos.

Pasear por Yangon y disfrutar de su ambiente único es sin duda, el punto fuerte de esta ciudad. Muchos turistas pasan apenas de puntillas, una simple parada antes de salir en busca de espacios abiertos o antiguos imperios como el de Bagan o Mandalay. Craso error. Debajo del lodo, del caos y la polución, es posible encontrar la belleza. Cada edificio es un cuadro único, cada callejón depara una sorpresa, cada individuo es un microcosmos en sí mismo. Los perros invaden las calles, todos iguales, hermanos unos de unos otros, pareciera que años de cuidadosa selección natural hubieran dado forma a la raza perfecta. Enjutos y silenciosos, listos como el hambre que refleja su mirada. Preparados para vivir de los desechos del hombre y sobrevivirle cuando ya no estemos sobre la faz de la tierra. Yangon es como estos perros, resabiada por los años, no se deja querer fácilmente. Pero como aquel sendero tortuoso que se dirige a la cima, el camino es la recompensa y el premio aguarda al que persevera.

Uno de tantos mercados callejeros de Yangon

Última tarde por la ciudad. Desde la vetusta estación de tren al lago Kandawgyi hay casi dos horas caminando a través de avenidas interminables. Un calor que derrite hasta los pensamientos. Finalmente conseguimos llegar a la orilla. Creado como reserva de agua por los británicos, el lago conserva toda su belleza original. Al fondo la Shwedagon Paya, rematando un paisaje que parece vibrar. Desde este punto habló Suu Kyi a sus habitantes por primera vez. No pudo haber elegido mejor. El templo no queda lejos, así que decidimos dejarnos llevar, un poco a ciegas, siguiendo la silueta de la estupa a modo de faro. Los únicos occidentales que transitamos a esas horas, entre monjes y adolescentes que salen de una cercana Universidad. En un cruce de calles cogemos un camino peatonal que pica hacia arriba y se dirige al promontorio donde se ubica la pagoda. Un paseo cotidiano para ellos. Un delicioso descubrimiento para nosotros.

Un hombre acompaña a sus hijos, seguramente repitiendo el mismo camino una y otra vez, que a su vez aprendió a recorrer con su padre. Nos sonreímos mutuamente, y me viene a la mente cuando era un criajo e íbamos con la familia a la romería del pueblo. Somos tradición y símbolos, al fin y al cabo. Soluciones distintas que buscan llenar vacíos comunes. Y en el fondo del vaso, ese sentimiento de pertenencia, de abrazar un lugar común, tan volátil y sincero. Fallaron los discursos efectistas, los acuerdos diplomáticos, fallaron los hombres fallando a otros hombres. Y de pronto, percibir una gesto tan simple, tan primitivo, emociona.

Alivia.

Llegamos a la Shwedagon Paya, el broche de oro a nuestra visita. Cientos de turistas, aquí sí, se mezclan con multitud de locales que rezan o simplemente pasean. El templo cumple a la perfección su labor instigadora de lo sobrenatural. No puedes evitar alzar la vista abrumado, una y otra vez. El deber de recordarnos que estamos de paso, la necesidad de alejarnos de nuestra propia arrogancia, se muestra aquí con una precisión de cirujano. Cae la tarde y el templo adquiere una luz diferente. Velas, faroles, tiñen de nuevos detalles cada rincón.

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La Pagoda se torna como una suerte de verbena silenciosa, donde la gente se sienta, conversa en voz baja. Mis amigos recorren con la mirada cada detalle, como si temieran que escapase volando para siempre. Alguna incluso duerme plácidamente. Un monje coge una Tablet más grande que su cabeza y comienza a hacer fotos delante de nosotros. Es difícil saber de dónde la ha sacado, lleva una túnica azafrán como única vestimenta. Alguien hace un comentario. Estallamos en risas.

Quiero registrar este momento con todas mis fuerzas. Me reprendo a mí mismo, ¡No se te ocurra olvidarlo!

Acaba de salir la luna. Destellos fugaces, duran un instante en el hueco de nuestras manos. No sé si hablo ya de la pagoda o de la vida misma.

¿Acaso importa?

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 p.d. si os quedasteis con ganas de más, os recomendamos que echéis un vistazo a la galería al final de esta entrada, y al flickr de Nonius Magnificus, que posee unas fotos de Yangon y otras partes de Myanmar espectaculares.

Saludos Flamencos!

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10 Respuestas a “Crónicas Birmanas (II). Oro en el firmamento, perros entre las piernas.

  1. Excelente crónica y excelente escritura.
    Celebro que hayáis notado la querencia que tienen los birmanos por los objetos de plástico sesentero. Es enternecedor, porque lo tunean al gusto local. Usan, por ejemplo cartones de huevos de plástico de colores y los superponen para que la pila quede bonita. Si hubiera podido, me habría traído un cargamento para forrar alguna pared de nuestra casa.
    ¡Quiero volverrrr!

    • Muchísimas gracias Nonius, tus fotos también son una pasada!!! lo del plasticurri multicolor es de traca si!!! en Vietnam también tiene esa querencia por las sillas enanas y la cubertería multicolor. Antes de la llegada del plástico a nuestras vidas, que tipos de materiales y colores y muebles usarían para sus puestecitos?
      Myanmar no deja a nadie indiferente, 100% recomendable!!!
      un abrazo!

  2. Recorrido encantador por Yangón… Palabras para las imágenes de mis recuerdos que a su vez promueven otras imágenes, y otras palabras… Besos 🙂

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