Crónicas Birmanas (I): el país de la sonrisa perpetua.

Seguro que alguna vez habéis recordado una anécdota divertidísima que os sucedió, y al ir a contarla pierde toda la gracia y frescura original. La concurrencia te mira con cara de no haber pillado una mierda y a uno, a sabiendas de que la ha pifiado, no le queda otra que soltar la tan resobada muletilla esa de “es que contada pierde tío, si hubierais estado allí os habríais partido de la risa”.

Pues eso.

Ha llegado el momento de divagar sobre el viaje que realizamos en Septiembre del año pasado a Myanmar. Un ejercicio que he ido postergando todo lo que he podido. En parte por pereza, y en parte por cobardía. Hasta que las circunstancias y la necesidad me han empujado a teclear sin saber muy bien cómo empezar, y con la entera seguridad de que por mucho que me esmere no podré hacer justicia a lo vivido. La empresa se torna difícil. Las palabras no fluyen al ritmo que debieran, y encima tengo que lidiar con el brillo difuso que imponen los recuerdos. Mi memoria cabalga sobre los hechos y hace que la brumosa sensación de irrealidad se acentúe.

Así que, igual que esa anécdota, impecable en tu mente pero que se marchita al verbalizarla, pienso excusarme antes siquiera de haber comenzado este relato. Pasándome las reglas convencionales de la narrativa por donde ya os imagináis, me arriesgo a desvelar el esperado final, la cacareada moraleja: Si disponéis de tiempo, algo de dinero en el bolsillo y os pica la curiosidad después de leer este texto, no lo dudéis. Comprad el primer pasaje disponible y visitad Myanmar antes que cambie de nuevo de nombre o el materialismo salvaje que acaba de aterrizar acabe blanqueando de pulcro y artificioso brillo la sonrisa inabarcable de sus gentes.

Mujer Pa-O en las cercanías del Lago Inle.

Porque este país está cambiando, para lo bueno y para lo malo. Desde 2010, en que se celebraron las primeras elecciones democráticas en 20 años, la supuesta libertad política ha venido acompañada del tan voceado desarrollo enarbolado por especuladores e inversionistas globales, que en el fondo no buscan más que otra víctima, otro país “a estrenar” lleno de potenciales compradores con potenciales necesidades (que si no tienen ya llegarán, que el fomentar adicciones no es cosa de dos días).

El país es rico en recursos naturales de todo tipo, y aunque sigue siendo uno de los más pobres del sudeste asiático, tiene una perspectiva económica enorme. Las perspectivas de corromper a sus líderes y gobernantes también son enormes, no lo olvidemos. Este quizá es el mayor problema al que se enfrenta Myanmar en las próximas décadas: que la apertura no se traduzca en el enriquecimiento de unos pocos y que el país no sea controlado por oligopolios transnacionales que esquilmen y degraden sus recursos naturales y humanos, y a cambio sólo dejen televisión por cable, móviles de última generación y cadenas de restaurantes de comida rápida.

Este año se celebran elecciones legislativas, en las que Aung San Suu Kyi, la mujer que conquistó el nobel de la paz en 1991 por su lucha pacífica contra el totalitarismo, podría obtener la presidencia. Al menos su partido aspira a gobernar, ya que por imposiciones absurdas del gobierno militar que ha controlado el devenir de Myanmar los últimos cuarenta años, Aung San Suu Kyi solo podría ser presidenta si se cambia la constitución porque, agárrense los machos, la última reforma del 2008 prohíbe ser presidente a cualquier birmano que esté casado y/o tenga hijos de un extranjero. Los hijos y el difunto marido de Suu Kyi tienen ciudadanía británica. Así que a esperar toca.

De hecho, si se pregunta a los mismos ciudadanos, aparte de confirmar que la reforma de la constitución fue realizada específicamente para evitar el acceso de Suu Kyi al poder, la mayoría tienen claro que la junta militar, que sigue manejando los hilos en la sombra, no va a dejar así como así que el pueblo se salga con la suya. Todos tienen en mente las elecciones de 1990 en las que venció el partido Suu Kyi, el NLD, y las consecuencias que esto tuvo para ella: Más de 20 años sin poder salir del país, arrestos domiciliarios intermitentes, imposibilidad de visitar su marido enfermo terminal de cáncer por última vez antes de morir, o la separación de sus hijos durante varios años.

Aung San Suu Kyi, abril del 2012. Fuente: Reuters Pictures

Pero claro, que se puede esperar de un gobierno, primo hermano del de Corea del Norte, donde en un alarde de iluminación sin precedentes, decidió relocalizar la capital del país de la noche a la mañana, construyendo una ciudad de casi un millón de habitantes en medio de la nada. Si amigos, bórrense de la mente la idea equivocada que aún tenemos muchos. Desde el año 2005 la capital de Myanmar no está en Yangón, si no en el centro del país, Nay Pyi Taw, una ciudad a la medida de la megalomanía de sus promotores. Grandilocuente, exuberante, y que nació sin alma desde el mismo momento de su concepción. Pura Ingeniería Social.

Los más viejos lectores recordarán también que durante muchos años Myanmar se llamó Birmania. Nombre por el que también se le conoció durante los más de 100 años de colonialismo británico. El gobierno decidió cambiarlo para así poder englobar a todas las minorías bajo una denominación común, en lugar de utilizar el de la etnia dominante, los burmeses o birmanos, que suponen aproximadamente el 70 por cierto de la población. En realidad, Myanmar no es sino otra forma más literaria y culta de denominar a Birmania, así que la junta militar hizo de nuevo de las suyas: reescribir la historia para poder dar cabida a cualquier parida absurda que le rondase por la cabeza a sus dirigentes.

La diversidad étnica es uno de los polvorines de Myanmar. En el momento que escribo estas líneas hay un conflicto estallando en el norte del país entre el gobierno y disidentes de etnia china (resultado de los movimientos migratorios durante la colonización británica), que pretenden independizarse con el apoyo del gobierno Chino, un tradicional aliado de Myanmar, y que no sabe muy bien dónde meterse. Desde su propio país hay un clamor popular en el que apremian a los políticos para que tomen cartas en el asunto y defiendan a sus hermanos del otro lado de la frontera. Por otra parte, el gobierno de China sabe de las consecuencias diplomáticas que tendría cualquier movimiento de ayuda o apoyo a los insurgentes. Así que ahí anda, haciendo tiempo a ver si pasa el chaparrón y el gobierno de Myanmar consigue sofocar la rebelión por sí mismo.

Las luchas internas han sido la tónica general desde tiempos inmemoriales. Si uno repasa la historia de esta región, puede ver como distintas etnias iban sucediendo a otras en el poder, Los Shan o los Mon constituyeron auténticos imperios en el pasado, igual que los birmanos. Esta es la gran peculiaridad que define a las minorías étnicas en Myanmar y que da forma a una situación tan inestable: al contrario que en otros países cercanos como Vietnam, Tailandia o Malasia, donde los grupos minoritarios han sido tradicionalmente marginados, sin posibilidad de acceder a las tierras más fértiles en el pasado, o a posiciones de poder regional en el presente, en Birmania muchos grupos tribales han colonizado y dominado las tierras y economías donde se asentaban. Así, aunque el centro-norte del país está controlado por los burmeses, en el sur, norte u oeste las etnias dominantes son otras, como los Shan, los Mon, Kachin, Kayin o Rakhine. Eso sin contar las minorías étnicas de las zonas altas y montañas, así como los inmigrantes chinos, indios y nepalíes que se asentaron durante la época de colonización británica. Sin ir más lejos, las tristemente famosas mujeres jirafa que prostituyen su dignidad y libertad a los turistas que pasean por el norte de Tailandia, son en realidad inmigrantes de la etnia Kayan, la mayor parte llegadas ilegalmente de la vecina Myanmar.

Aunque durante el siglo pasado ha habido diversos avances en la integración y el reconocimiento de la enorme diversidad cultural que atesora este país, cada poco tiempo estallan conflictos, que hasta hace poco eran convenientemente aplastados y silenciados por el gobierno. Este el motivo principal por el que a pesar de la apertura, determinadas regiones están todavía vetadas para el turista, y muchas otras requieren de la presencia de un guía oficial de alguna de las empresas gubernamentales para acceder a ellas. Vaya a ser que a alguno le dé por meter la nariz en asuntos que no le incumben.

Mujeres Shan (izquierda) y Pa-O (derecha) en un mercado cerca del Lago Inle

Paradójicamente, esta heterogeneidad cultural tan difícil de manejar, es una de las principales razones por las que cada vez más gente visita Myanmar. Sin ir más lejos el lago Inle y las colinas de los alrededores, uno de los reclamos turísticos del país, son el hogar de al menos diez minorías diferentes, cada una con su cultura y dialecto propios. Es toda una experiencia pasear por los mercados ambulantes que se ubican alrededor del lago y disfrutar del estallido de color de los cientos de mujeres y hombres que intercambian bienes, noticias y cotilleos, igual que probablemente hacían sus antepasados hace varios siglos.

La religión es el aglutinante que mantiene el equilibrio entre los distintos actores de Myanmar. El 90% de la población se declara budista theravada, y la fe y seguimiento de los preceptos de esta doctrina filosófica-religiosa impregnan el día a día de esta sociedad. El país del mundo con más monjes por habitante, donde se considera un honor y una bendición que uno de tus hijos tome el camino de la iluminación, y en el que la mayor parte de la población masculina debe pasar al menos dos periodos de su vida como novicio y monje ordenado en un monasterio. No hay visión más genuina e hipnótica del país que esas filas pulcramente ordenadas de color azafrán saliendo de los monasterios en medio de las primeras brumas de la mañana, parando en cada casa y recibiendo el arroz hervido y vegetales que sus vecinos les preparan cada día para alimentarse. Aunque en menor cantidad, las mujeres también pueden llevar una vida monástica. Se rapan la cabeza como los hombres y llevan hábitos de color rosa, aunque tienen menos prestigio que sus compañeros masculinos. Los monjes tienen una relevancia social e ideológica primordial, y no pocos son venerados como las estrella de rock o fútbol en occidente. Pueden llegar a influir y atraer a las masas de forma considerable. Las imágenes de monjes encabezando las manifestaciones en la revolución azafrán del 2007 dieron la vuelta al mundo. Y aunque menos conocido, también fueron monjes los que promovieron los disturbios y persecuciones contra una de las minorías étnicas más marginadas y menospreciadas de Myanmar, los Rohynga, que acabaron con la muerte de casi 80 personas y el desplazamiento a Bangladesh de miles de ellos, y cuyo único pecado es el de ser musulmanes en una tierra mayoritariamente budista.

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Monjes budistas recolectando alimento por las calles de Yangón. Fuente: Cristina Núñez

 A pesar de estos episodios violentos (no en vano son humanos antes que ascetas), hay que reconocer que la calma, bondad y simpatía que irradian los birmanos está profundamente enraizada en sus creencias religiosas. La caridad con el prójimo, la prohibición de hacer daño a otro ser humano o la de no tomar lo que no es tuyo, son preceptos que se esculpen a fuego en la moral de los niños desde que tienen conciencia de sí mismos.

La curiosidad por un mundo que desconocen es otra de las características que llaman la atención. Hasta hace dos días el visitante extranjero era la única fuente de información del mundo exterior y todavía hoy se nos ve como un teletipo con patas. A los birmanos les encanta charlar, mostrarte su ciudad y sus costumbres, y preguntar por las tuyas. Absorber cualquier cosa que puedas contarle. Es algo que se percata al poco tiempo de llegar y forma parte del encantamiento hipnótico de este país. Cuando uno siente que recibe más de lo que da, que se enriquece a cada paso y que es capaz de transmitir emociones y conocimiento a quien se lo demanda, es cuando puede considerarse que ha pasado de ser un turista a un viajero. Y en pocos sitios como Myanmar uno es capaz de alcanzar tan rápidamente ese estatus.

La sonrisa. Si hay algo en lo que todos los consultados que han viajado a Myanmar coinciden es en la simpatía y amabilidad de sus habitantes. Llegar a ser tan excepcional que a muchos nos pilla con el paso cambiado. Los primeros días el escepticismo te suele impregnar, te parece imposible que esta gente simplemente quieran pararse y hablar contigo, que no haya segundas intenciones detrás de esa aparente cordialidad, nada que quieran venderte o negociar. Pero así es en la mayoría de los casos. Hastiados como estamos de tanta lectura entre líneas y tanta puñalada por la espalda, su actitud, llena de pureza y bondad, nos deja totalmente desarmados.

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Mujeres barriendo en la Shwedagon Paya, Yangon

Aunque no debemos confundir este comportamiento con la ingenuidad o la candidez. Los birmanos son un pueblo paciente y tranquilo pero que esconde una dignidad y fiereza por sus convicciones tremenda. Quizá no haya mejor ejemplo de esta obcecación por los ideales que la familia Aung San. Aunque en occidente es mucho más conocida la hija, Aung San Kyi, el padre (Aung San) es idolatrado en todo el país al mismo nivel o mayor que ella. Aung San encabezó el ejército que luchó por la independencia de Myanmar entre la década de los años 30 y 40. Durante la segunda guerra mundial lucharon del lado de los japoneses para liberar a su país del yugo británico, consiguiendo derrotarlos. Desgraciadamente los japoneses demostraron no estar a la altura de las circunstancias y sus tropas comenzaron a cometer abusos y ejercer su autoritarismo sobre el pueblo birmano. Una famosa frase de Aung San ejemplifica perfectamente este periodo: “Yo fui a Japón para salvar a un pueblo que llevaba años luchando como toros frente a los británicos, y ahora somos tratados como perros por los japoneses.”

En 1945 Aung San y su ejército cambian de bando y consiguen echar a los japoneses luchando del lado de los británicos. Durante los sucesivos años Aung San conseguiría avanzar en el proceso de independencia y establecer acuerdos con las minorías dominantes de cada región, garantizando así la estabilidad política del país. Finalmente, se celebraron elecciones en 1947 donde arrasó su partido. Desgraciadamente, en julio de ese mismo año, Aung San fue tiroteado y asesinado a sangre fría. Aunque el crimen nunca fue resuelto, la mayor parte de los birmanos están convencidos de que el ejército, que dominaría posteriormente Birmania durante casi 60 años, estuvo implicado debido a los planes de Aung San de desmilitarizar el país.

Su hija, Aung San Kyi, cogió el testigo de su padre varias decadas después. Una vez instalada de nuevo en Myanmar después de más de 25 años viviendo entre India, Reino Unido y Japón, decide consagrar su vida a la liberación del pueblo birmano. El resto forma parte ya de la leyenda de aquellos que han luchado por los derechos y libertades del hombre. Para los que quieran profundizar más en la vida de esta increíble mujer, recomendamos este libro y una reciente película (2011) del director francés Luc Besson.

Estación de tren de Yangón.

Tesón y calma. Amabilidad y empatía. Sonrisas por doquier. Y un paisaje cambiante, caleidoscópico, lleno de referencias artísticas, etnológicas y ambientales únicas. La combinación es realmente rotunda. Así que no es de extrañar que todavía no haya conocido una sola persona que no vuelva fascinado de Myanmar. Que de todo habrá no lo dudo, pero a partir de este simple sondeo entre conocidos y foreros virtuales uno puede hacerse a la idea de los que vamos a encontrar.

Por supuesto, los que protagonizamos esta escapada no íbamos a ser menos. Seis amigos, seis viajeros más que han quedado prendados. Si algo se percibía conforme finalizábamos cada etapa era que estábamos experimentando algo único. Aunque claro, esto es un poco como lo del huevo y la gallina, uno no sabe bien si el buen ambiente dentro del grupo era lo que hacía el recorrido tan memorable, o el mismo paisaje y sus gentes iban dirigiéndonos hacia una red de armonía y paz inquebrantable. Como en la gran mayoría de interacciones entre seres vivos de este planeta, es fácil encontrar la correlación pero a veces quién es la causa y quién el efecto suele ser, en no pocos casos, una tarea inabarcable.

Yo, como buen ecólogo, me decanto por una interacción mutua, un proceso de retroalimentación continua en el que el viajero, conforme avanza, va liberando lentamente su espíritu enclaustrado por el miedo y las comodidades. Entonces llega la magia. De pronto todo se mira desde otro prisma, uno se fija con más atención, sonríe con más ganas, tuerce por ese camino de cabras o se mete en ese tugurio que antes jamás hubiera osado pisar. Es más permeable a lo que recibe. Y más espontaneo. Y el paisaje cambia ante sus ojos, como un ente con vida propia, se metamorfosea en algo que quizá antes nunca fue. Hasta la llegada del viajero.

Interacción y retroalimentación: lo que funciona para enzimas, ecosistemas o bacterias debe hacerlo forzosamente para los seres humanos. A fin de cuentas estamos sometidos a los mismos principios.

Supongo que si has llegado hasta aquí querrás saber más de nuestras aventuras. Como decía al principio, no tengo esperanzas de poder reproducir lo vivido con justicia, el tiempo y la palabra en este caso juegan en mi contra. Pero al menos espero inocularte en el torrente sanguíneo algo de nuestra admiración por esta tierra, un punto más en el mapa que ya forma parte de nuestro atlas emocional.

Nuestro recorrido comienza en Singapur, donde unos días antes conseguíamos la visa de Myanmar en su embajada. La idea era volar hasta Yangón para posteriormente visitar la antigua capital imperial en Bagan, y complementarlo con algo de pateo por el campo y minorías étnicas, por lo que nos decantamos por las montañas que rodean el lago Inle y el propio lago, dentro del estado Shan al este del país.

Continuará…

Yé-sú-bé (gracias) por leernos y ¡Bienvenidos a Myanmar!

Mujer Pa-O cerca de Kalaw

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8 Respuestas a “Crónicas Birmanas (I): el país de la sonrisa perpetua.

  1. Encantados como siempre con lo que escribes y deseando que nos sigas contando .
    El ratito de lectura ha sido tan bueno que nos hemos trasladado allí.
    UN BESAZOOOOO.

  2. Noom, no está de acuerdo con el título del post. El pais de la sonrisa perpetua es Tailandía, que no vengan los birmanos a apoderarse de esto tambien que ya les ganaron dos veces jugando a las guerras!! 🙂

  3. Miguel a solo una semana de mi viaje a Mianmar, solo con leerte mi impaciencia se agranda .
    Gracias por tu relato , a mi vuelta te contaré. Un abrazo .

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