Entre Flores y Dragones. Parte IV

Las motocicletas son los centauros del paisaje asiático; Una prolongación mecánica del ser humano y la clave para entender gran parte del devenir cotidiano de sus habitantes. Su uso supera con creces al de Europa, donde se restringe a momentos de ocio o al transporte de uno o excepcionalmente dos pasajeros, principalmente en grandes áreas metropolitanas. Aquí su presencia es incuestionable tanto en el campo como en la ciudad, solo necesitan un mínimo espacio en el que poder dar gas. La necesidad estimula el ingenio y es fascinante comprobar la cantidad de cachivaches, convenientemente equilibrados y embalados, que una scooter llega a soportar. Los cinco miembros de una familia numerosa, gallinas y pescado fresco al mercado, una tuberia gigante de PVC o un fardo de heno para las vacas del cuñado si se tercia. Es el medio con el que mucha gente inicia o mejora sus negocios, ya sea acarreando pasajeros, mercancias, o alquilándolas a otros para que lo hagan. Una pareja puede dejar a sus hijos en el colegio, ir a trabajar, volver a recogerlos por la tarde, visitar a los abuelos y regar la huerta familiar en el mismo día. Ya sea por carreteras asfaltadas o de ripio, caminos en medio de arrozales o por la única pista embarrada que une dos remotas aldeas en medio de la selva, es el todoterreno de estos lares, y uno de los primeros lujos que una familia de ingresos medios se suele regalar. Baratos, consumen poco (los motores más comunes suelen andar entre 100 y 125 cc), generalmente fiables (ingeniería japonesa en el mayor de los casos) y en caso de rotura pueden ser reparados casi en cualquier sitio, o al menos ser cargados fácilmente hacia el punto más cercano donde les puedan meter mano. Me atrevería a decir que las motocicletas han hecho mucho más por la mejora de la vida social y económica de esta región que cualquier otro medio de transporte.
No se puede terminar de rematar esta parte del mundo si uno no se aventura a viajar en moto, aunque sea en un taxi de esos que te abordan ansiosos en cualquier esquina de Indonesia, Vietnam o Camboya. Mientras te sumerjes dentro de un submundo de bocinas, cambios de ritmo y adelantamientos suicidas, tu pedestal de turista va resquebrajándose y empiezas a sentirte uno más del enjambre caótico que te envuelve. La percepción del paisaje cambia. Sientes cierta sensación de ingravidez, ya que todo es más fluido y veloz pero al mismo tiempo permaneces sentado, estático, pudiendo recrearte en lo que observas con relativa facilidad. La experiencia será mucho más placentera si nos atrevemos a alquilar una y viajar por nuestra cuenta. Sobre todo si eres de esos que disfrutan transitando por regiones apartadas, parando donde te de la real gana. Conozco casos de gente que se ha recorrido Vietnam y Camboya a lomos de un ciclomotor, pero tampoco hay que llegar a ese extremo. Un día o dos esquivando baches mientras saboreas el encuentro casual a lo largo de caminos poco explorados es más que suficiente para que este sea uno de los momentos cumbres que recuerdes con mas viveza años después de haber hecho el viaje.

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Arrozales a la salida de Labuan Bajo

Así pues, nada mejor para rubricar mi último día por la Isla de Flores que pillarme una Honda y darme un paseo por los alrededores. Los chicos del Flores Diving Centre, de nuevo impecables en su sincera cercanía, me recomendaron una visita a Cunca Walang, una enorme cascada a unos 30 kilómetros de Labuan Bajo. La mayoría de la gente acude mediante tours organizados, pero con unas simples indicaciones y un poco de orientación, uno puede llegar fácilmente por su cuenta. Lo bueno de ir por libre además, es que con un poco de suerte te pierdes y acabas en un sitio más interesante que él que habías planeado. Lo previsible es lo más seguro, pero no siempre es lo mejor.
Lo dicho, un buen desayuno local a base de arroz con chile y pollo, Honda en ristre con casco de Hormiga Atómica incluido (75000 rupias por todo un día, que al cambio no llega a 5,5 euros), depósito lleno y a gozar del viento en la cara. Los primeros kilómetros son una pugna entre mantener el equilibrio, superar el miedo inicial y llevar una velocidad lo suficientemente digna como para que los decenas de motoristas que te sobrepasan no se descojonen en tu cara. Hay que manejarse con cierta prudencia puesto que estamos recorriendo una de las arterias principales del oeste de la isla que une las ciudades de Labuan Bajo y Ruteng. Eso significa bastante tráfico de vehículos pesados, y previsiblemente mucha gente andando por los arcenes (una manera eufemística de llamar a la casi inexistente línea polvorienta entre el asfalto y la vegetación circundante). Como no tengo prisa y la velocidad extrema no es uno de mis fuertes, voy a paso de tortuga, oteando el paisaje. Poco a poco me voy alejando de la ciudad. Las feas imitaciones de edificios de estilo occidental, completamente afuncionales y fuera de lugar en estas latitudes, van dando paso a campos de cultivo y a cabañas tradicionales donde el bambú y el cañizo sustituyen al cemento. De vez en cuando adelanto algún camión avanzando a cámara lenta. En las zonas rurales de Asia cada gota de combustible vale su precio en oro y los medios de transporte van siempre llenos hasta la extenuación, sean personas, mercancías o cerdos pigmeos. El puerto que debo ascender se adivina al fondo, aunque ahora transito por rectas que van hendiendo extensos campos de arroz de esos que todos asociamos con esta parte del mundo. Paro a hacer alguna foto. Pienso en mis cosas. Bebo Agua. Sigo adelante con una sonrisa en la cara.

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Cada parada en el camino puede deparar una agradable sorpresa

Las Iglesias salpimentan el recorrido. Aunque en Labuan Bajo hay una mayoría musulmana, el interior de la isla es netamente cristiano, con su particular y aromático aliño animista. La forma de los templos es muy simple, materiales toscos, sin estridencias más allá de las fachadas y techos que cubren con alegres colores chillones. No están aquí para deleitar la vista de turistas ni capillitas enfervecidos, sino que cumplen una función aglutinadora en cada pequeña comunidad. Es la hora de salida del colegio, la mayor parte se ubican en las mismas iglesias. Los niños llevan uniforme y mochila en ristre se dirigen apresurados por la carretera camino de casa. Muchos me saludan divertidos e intentan que les choque las manos acercándolas a la moto. Al principio me da un poco de miedo, no me gustaría estamparme contra un mocoso de ocho años, ni tampoco cercenarle de cuajo su tersa y delicada manita. Sin embargo, la excitación de mi Yo infantil gana la batalla y entro al trapo a los pocos minutos, entre gritos y chillidos de emoción de los participantes. La risa de un niño es de las pocas cosas que pueden hacer rebosar un corazón en cualquier punto del mundo, casi instantáneamente. Un pequeñajo diminuto como un ratón me pide que pare agitando los brazos. Me hace señas para que le deje subir y lo lleve a algún sitio más adelante, a su casa imagino. Se encarama sentado a horcajadas delante mía. Contento y relajado, va llamando al resto de compañeros que nos salen al paso. Lo miran con envidia y yo me siento padre, hermano; me siento importante. Son cinco kilómetros en silencio, disfrutando de la compañía de mi simpático y espontáneo copiloto. Este niño se hace todos los días diez kilómetros andando para ir y volver del colegio. No nos olvidemos de este detalle en medio de nuestro bucólico ensoñamiento de burgués Europeo. El niño desembarca justo al inicio del puerto. Una mujer que lleva un bebé en brazos lo espera al borde de un camino. El niño me mira y señala a la mujer – ¡Mum! – me espeta con esa imitación cómica de la seriedad adulta que a veces adoptan los chiquillos. Se aleja corriendo, su madre me sonríe arrugando los ojos. Es escándalosamente joven, casi una niña, y escándalosamente guapa también. Un desconocido total ha recogido a un niño de seis años en mitad de una carretera perdida, lo ha llevado en una moto que no es suya, sin seguro y posiblemente sin licencia autorizada para conducirla, y lo ha dejado con una mujer que podría ser su madre, o no. Me pregunto cuantos titulares periodísticos y meses de cárcel podrían caerme por hacer lo mismo en España.
La carretera comienza a picar hacia arriba y las curvas son cada vez más acentuadas. La selva ocupa su espacio y las villas se hacen más escasas. Adelanto un camión llevando troncos, un par de Bemos (un tipo de buses indonesios) llenos de gente hasta reventar y alguna moto. Me detengo un par de veces para deleitarme con las vistas de la bahía de Labuan Bajo. El archipiélago de Komodo a lo lejos, con sus cientos de islotes de afiladas e irregulares formas se asemeja a los restos que el mar vomita a la playa después de una noche de tormenta.

Carretera Labuan Bajo Redang

Carretera Labuan Bajo Runteng

Por fin llego al cruce que me habían indicado, una hora y treinta kilómetros después. Desde aquí, si lo he entendido bien, son unos seis kilómetros de pista alfaltada en mal estado, hasta llegar a la villa de Warsawe, donde debería dejar la moto y continuar andando. Decir en mal estado es poco, algunos baches entran en la denominación de cráteres, y el firme es un demencial antónimo de si mismo. Pero la Honda se porta jodidamente bien. Muy lentamente, (debo apearme y empujar un par de veces) voy haciendo camino. En una de las ocasiones tengo que cruzar un puente hecho de troncos, donde el hueco entre cada travesaño es perfecto para resbalarte y despeñarte con moto y todo. Un grupo de leñadores me observa entretenido. Yo respiro tranquilo, al menos si me parto la crisma tendrán la caridad cristiana de auxiliarme. En unos veinte minutos alcanzo la aldea. Justo a la entrada hay un chambao hecho de cuatro palos donde un grupo de locales con movimientos sospechosos barrunta algo. Bingo. Me detienen al pasar. La única chica dentro de un grupo de cejijuntos facinerosos se me acerca. Lleva una carpetita con un par de folios y una chaqueta de camuflaje con una estrella amarilla bordada. En un inglés recitado me indica que debo pagar una tasa del gobierno por acceder a las cascadas, y que es aconsejable ir con un alguién porque hay una especie de mosquitos gigantes que pueden hacerme mucho daño, y sólo los guías locales saben como evitarlos. Todo es tan cándido e inocente que me da la risa tonta. Le pido una identificación oficial y me mira sorprendida. Comenta algo con los cejijuntos, los cejijuntos me miran con cara de pocos amigos, y la chica me suelta exactamente el mismo discurso aprendido de hace un minuto. Le explico pacientemente que sin identificación no pienso pagar ni una rupia. Arranco la moto y sigo hacia adelante. Nadie hace amago de detenerme. Los cejijuntos, conscientes de su fracaso, se toman su venganza particular y me dejan ir por la carretera incorrecta, así que me chupo dos kilómetros por la cara. Después de la cal, viene una de arena, y un hombre que anda atareado con su huertecica en una terraza elevada cercana comienza a gritarme, baja corriendo los cincuenta metros que separan el camino. -”¡Waterfalls!” me indica señalando la dirección contraria a la que llevo. Sin ni siquiera preguntarme, me sabe perdido. Supongo que tiene que estar harto de las fechorías de sus vecinos cejijuntos y mantiene la reputación de su aldea salvando a blanquitos extraviados como yo. Se lo agradezco con franco alivio. Los cejijuntos me esperan en el cruce, detengo la moto y les reprendo – “This was not the way, thanks for nothing!” -. No son capaces siquiera de mirarme a los ojos. Todavía les queda algo de vergüenza y dignidad en sus cabezas hirsutas, pero démosles un par de años. El lucro fácil envilece al hombre. Todo es cuestión de tiempo.

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Una casa en la villa de Warsawe

Recientemente discutía con un francés en Lombok sobre la idoneidad de acatar estas mordidas al turista, que son moneda de cambio en este país. El francés argumentaba que era un dinero insignificante para nosotros, lo cual es cierto, pero que a ellos les servía para dar de comer a sus familias y mejorar las condiciones de su comunidad. Yo no estaba de acuerdo con él. En primer lugar dudo bastante que la gente que controla este negocio necesiten destinar la mayor parte del del dinero que recaudan a alimentar a su familia. Y muchos menos a ayudar a “otros miembros de su comunidad”. Hay un comportamiento mafioso en torno a este tipo de negocios ilícitos y esto incluye la violencia y extorsión hacia sus semejantes para mantener su poder y estatus. Un grupo de señores panzones y mal encarados dormitan al lado de una barrera mal hecha que obstaculiza el acceso a una playa por la que decenas de guiris pasan cada día ¿Pretenden hacerme creer que ese dinero fácil acabará en manos de otros que no sean los pertenecientes al clan que controla ese acceso? Creo que es de ser bastante ingenuo, cuando no ignorante de la condición humana. Por otra parte, yo soy consciente de mi papel económico como turista, dividendo con patas, y estoy encantado de pagar por un servicio (incluso estoy dispuesto a pagar un poco más que los locales, algo bastante normalizado por estas latitudes), pero ¿Pagar por nada?, ¿Acaso ese dinero servirá para arreglar los accesos, limpiar el entorno o mejorar las señalizaciones? En un país tan joven y heterogéneo, donde el estado apenas se ocupa de las comunidades remotas o periféricas, los intereses personales del cacique o mafioso de turno no tienen porque coincidir con los de la colectividad. De hecho, casi nunca coinciden, y ese es uno de los factores principales que explica las gigantescas desigualdades sociales y económicas que acontecen en el seno de este tipo de estados emergentes. Los cejijuntos están ahí para enriquecerse sin dar un palo al agua, no para mejorar el entorno de las cascadas ni para cambiar las infraestructuras de su comunidad. Si la gente sigue pasando por caja pensando que les están haciendo un favor, no se van a molestar en montar un autentico puesto de información turística, donde quien lo deseara estaría encantado de dejarse aconsejar o guíar por locales, pagando un precio estipulado por ese servicio. Mucho peor, seguramente tampoco dejen hacerlo a aquellos, que como el señor que me ayudó en mi camino de vuelta, decidan usar su conocimiento de la zona para montar un negocio real y honrado. Por tanto, me mantengo en mis trece. Me niego a someterme a las demandas de este tipo de piratería de bajo perfil. Pensar que son limosnas necesarias no es sino otra manera de satisfacer nuestra conciencia de progres trasnochados sin acudir al fondo de la cuestión. Indonesia tiene un problema acuciante de corrupción ciudadana y política a muchos niveles, y gestos cotidianos como este no ayudan en lo más mínimo.

El inicio del sendero a las cascadas

El inicio del sendero a las cascadas

Después de desahogarme agusto avanzo en la dirección correcta, desembocando en unas cabañas donde no puedo seguir con la moto. Un hombre mayor se acerca. No parece hablar nada de Inglés, solo Bahasa. Hago el sonido con la boca de algo parecido a unas cascadas atronadoras, mientras intento representar el agua cayendo sacudiendo las manos como si estuviera tocando un bongo imaginario. Sonríe, mientras me indica con un gesto que siga hacia delante. Todo me parece tan natural que no dudo por un momento en dejarle el casco y la moto aparcada enfrente de su casa. Veremos a la vuelta.
El principio del sendero es una delicia, amplio y cubierto de hierba fresca, flanqueado por casitas con su terrenito adyacente. Huertas, pero también palmeras, frutales y flores, muchísimas flores. Decenas de prendas se secan al sol encima de los setos que delimitan cada propiedad. Colores y formas puras, sencillas, bellas en su pátina de rudeza. Unas niñas juegan a la sombra de un árbol gigantesco, se asustan con mi presencia. La mayor me saca la lengua en un alarde de impostada valentía, al amparo de un adulto que cuida del grupo.

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Niños jugando en Warsawe

El camino va ganando en abruptez y conforme voy bajando los cultivos van dando paso una zona de matorral y bosque bajo. Varios búfalos se alivian del sol abrasador en un agua color chocolate. En un momento dado el sendero se transforma en una fina línea apenas esbozada entre la vegetación y se adentra en la selva, caracoleando entre enormes troncos. En pocos minutos llego a la orilla de un río. A lo lejos se oye el rumor de la cascada. Hay un par de construcciones de recreo en ruinas. Algún iluminado pensó en sacar rendimiento de esta belleza natural sin pensar en que el turismo de alta gama (afortundamente para los que gustamos de enredarnos entre zarzas) necesita de infraestructuras rápidas, seguras y cómodas para alcanzar su destino. Si no ni se molestan. No está mal la cascada, aunque en cualquier sistema montañoso ibérico podemos encontrar paisajes similares. En realidad es más atractivo el trayecto que el entorno de la cascada en si. La caida principal es lo suficientemente profunda como para intimidarte, y durante unos metros el río se encañona entre las rocas. El agua está un poco sucia, y no invita demasiado al baño. Quien sabe cuantas villas lo utilizan como letrina particular aguas arribas. Hay un par de grupos pequeños con un guía local. Me miran entre extrañados y condescendientes. Voy sólo. Y sin guía. La subida a la cascada se esconde en la orilla izquierda, resbaladiza y vertiginosa. Doy un paseo por arriba, disfruto del agua destrozándose en miriadas de gotas, reinventando su forma a cada segundo. Los grupos se van y me quedo sólo, con decenas de libélulas azules chisporroteando a mi alrededor.

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Cabecera de la cascada

La soledad y la angustia exagerada del que se asa de calor me empujan finalmente a darme un baño. Mejor no pienso en orines de vaca y me dedico a nadar a lo largo del cañón. Los juegos de luces y sombras reflejadas sobre el río mejoran la sensación de limpidez, calman mi espiritu hipocondríaco. Me dejo llevar corriente abajo. Me seco al sol, entornando los ojos, sintiendo como los rayos reverberan sobre mi piel, reclutando mis exiguas reservas de melanina. Cetrino pero caucásico, a fin de cuentas.

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Buen sitio para un baño

La vuelta es muy penosa, el sol está en todo lo alto y se me ha terminado el agua. Llego a la moto empapado. Mi amigo me espera en la puerta de su casa, con un gesto me indica que entre y que me siente. El interior es fresco y oscuro. Apenas hay muebles, alguna foto de gente importante en traje militar. Una fotografía de un color ázul descascarillado con una mujer (imagino que su esposa), preside el salón. Es una foto de estudio, pero se la hicieron con un poster del Támesis y el Puente de Londres de fondo. Vuelve con un vaso. -”Kopi!”-, me señala, café soluble, caliente y dulce como el almibar, que sorbo agradecido. Me ofrece cigarrillos y se sienta enfrente mía mientras se enciende uno. Intento enlazar mas de dos palabras seguidas usando un pequeño diccionario de frases en Bahasa que llevo en la mochila. -”Gracias” le digo, -“muy bueno”-. Asiente con la cabeza. – “Mi nombre es Txxxx”- acierto a decir renqueante. -”Yo me llamo Xtttt”-, me dice. -”¿Mujer?- Le pregunto señalando el cuadro. Asiente de nuevo, mientras repite una palabra y hace el gesto como de dormir. Busco en el diccionario. “-¿Muerta?”- Le preguntó; Cierra los ojos. Ahora es su turno -“Yo Flores, tu dónde?”-. -”Lejos”-; Intento buscar alguna palabra que sea más precisa. Señalo el cuadro, -”Europa, Londres, mucho más al sur”-, meneo los brazos exageradamente señalando el suelo. El hombre me mira atentamente, regocijado. Quizá es la primera vez que alguién le dice donde están las dichosas torres que se ven en la foto. Y quizá ni le importa ni necesita saberlo. -”Un capricho de mi mujer”-, me diría se pudiéramos comunicarnos mejor; -”Se empeñó la pobre y quien va a negarle nada a su propia esposa”-.
Termino mi café, repuesto y menos sudoroso. Me devuelve el casco, y agradecido le paso un billete. Lo acepta con dignidad. Me pide una foto en la puerta de su casa. Como buenamente puede, después de varios intentos fállidos y un par de carcajadas mutúas me hace él una a mi. Nos despedimos con un apretón de manos.

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No se mueve un ápice de la entrada a su finca, mientras me voy alejando camino de Labuan Bajo y del fin de mi estancia en la isla. Echo la vista atrás; Ahí sigue, como congelado; Un borrón de tinta china en medio del verde eléctrico que rezuma la selva. Todo es extrañamente familiar. Mi abuela María salía a despedirnos a la puerta siempre que ibamos a verla, con sus vestidos estampados pasados de moda pero que tan bien le sentaban a ella, su mandilillo raído y los ojos encendidos de alegría; No se metía en el portal hasta que no desaparecíamos doblando la esquina del pasaje. Verla a lo lejos, como un puntito de color en medio del gris macilento de los bloques de apartamentos, me encogía siempre el corazón. El día que la vi por última vez con vida, horas antes de volar a Singapur, lloramos los dos, entrecortados, casi con vergüenza por mostrar lo que sentíamos delante de la familia. Este hombre, como mi abuela, me seguía con la mirada, con la firme convicción de que nunca más me volvería a ver.
Las despedidas de los ancianos son mestizas en sentimiento; como algunos palos flamencos, cantes de ida y vuelta: un adiós sincero para ti, otro entre agradecido y temeroso para con ellos mismos, no sea que mañana la muerte les aceche sin despertarlos.

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Información práctica: Como llegar a las cascadas de Cunca Walang, Flores.
Hay que coger la carretera que sale de Labuan Bajo dirección Ruteng, hacia el este. Los primeros kilómetros son llanos, pasando por villas y cultivos, hasta que la carretera comienza a ascender, entre curvas de considerable peralte. Una vez ascendido el puerto (calculad unos 30 km y 45 minutos desde Labuan Bajo), vereís un camino a la izquierda y un cartel donde se indican varias villas o Kampung. La primera villa que vereís desde la misma carretera es Cekonobo. Desde ésta, hay que seguir el camino hasta la villa de Wersawe, a unos 5 kilómetros desde el cruce. En el momento de realizar la excursión (Marzo 2014) la carretera estaba en bastante mal estado, aunque parece que hay intención de arreglarla. Hay zonas sin asfaltar y baches donde podría caber entera tu moto, así que mucha tranquilidad y paciencia. A la entrada de Warsawe un grupo de listillos se han inventado una tasa para acceder a las cascadas (ver texto arriba); Siéntete libre de mandarlos a freir espárragos si así lo deseas. Desde aquí hay que coger la pista que sale a la izquierda, y en unos 500 metros, cuando ya no se pueda avanzar más, casi en las afueras de la villa, hay que aparcar la moto y bajar andando el resto. Si no teneís claro el camino preguntad a los locales, estarán encantados de ayudaros. Calculad una media hora de bajada y otra de subida. Os podreis bañar y nadar a lo largo del encañonamiento que el río forma al descargar desde la cascada. Los guías locales conocen partes elevadas donde el agua es profunda y se puede saltar, pero si vaís solos no os la jugueís, el río no está muy limpio y no se ve el fondo. Si quereís acceder a la parte de arriba de las cascadas hay que ascender por un sendero empinado que sale de la orilla izquierda y se introduce en medio de la vegetación, justo al inicio del cañón. La parte de arriba es roca resbaladiza, mucho cuidado al andar por allí. No hay tiendas ni acceso a agua potable desde Warsawe, así que llevaros vuestro propio suministro.

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3 Respuestas a “Entre Flores y Dragones. Parte IV

  1. Totalmente de acuerdo en lo que cuentas de la piratería, y a veces cuesta negarse porque te de pena por un momento, miedo de que puedan hacerte algo, o simplemente porque lo hacen los demas…pero no es la manera. Añado que al ser un pais en desarrollo, se esta formando, no podemos caer ni ayudar a este mal desarrollo y obtencion de dinero fácil…es la educación de una población que puede ganar mucho con el turismo, pero de otra manera. Besos flamencos!

  2. No puede tener un final mas bonito!!!!! y tierno, del nieto a la abuela..sois muy grandes los dos para mi.

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