Entre Flores y Dragones. Parte I

Cuando el cerebro es incapaz de procesar lo que observa, es mejor dejarse llevar y absorber todo aquello que empape los sentidos. El fulgor inagotable de azules me abruma. Me dedico a disfrutar y a sumergirme dentro de la amalgama borboteante que nos rodea. Cada poco aparecen destellos de verde y piedra, ojos de mirada sin fondo. Cada islote es como una puñalada hendiendo el manto esmeralda que los envuelve. Soy consciente de que nadie las puso allí; Colosales y estocásticas fuerzas las levantaron de las entrañas de la Tierra, pero la armonía es tal que debo luchar contra el pensamiento de que fueran ubicadas por la esclarecida mente de un artista, de un arquitecto primigenio. No es extraño que al hombre le cueste tanto no creer en una fuerza superior, una corriente creadora determinista. Desde aquí arriba todo parece extrañamente familiar, como si alguien me hubiera programado de antemano para ser acunado por el paisaje, tan lejano que parece inofensivo, un lienzo donde extender las manos, desplegar la mente, abrazarme a él hasta donde yo mismo me permita avanzar. Las olas ribeteadas de espuma blanca, suaves y contundentes como el lomo de un elefante, dan una sensación de movimiento discontinuo, como si el océano estuviera compuesto de una secuencia de fotogramas de la misma película diseminados al azar. A veces se adivinan embarcaciones, pequeñas y afiladas, penetrando en los retales de azul intenso.

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Me pongo derecho en el asiento. Rectifico mi postura, tenso ante el inminente aterrizaje que acaba de anunciar el piloto por megafonía. Viajamos en un pequeño avión bimotor de hélices, no más de treinta pasajeros, la mayoría locales. En la cola de facturación esperaban rodeados de decenas de bultos, cajas de cartón atadas con cuerdas, bolsas de tela a cuadros de contenido intrigante, formas alargadas penosamente envueltas que serían automáticamente rechazadas en cualquier rígida aerolínea occidental. Pero aquí los dejan pasar, que remedio. La terminal doméstica del aeropuerto de Bali es otro mundo comparada con la internacional, pulcra y vulgarmente desposeída de cualquier personalidad, ideal para el turismo masivo de extranjeros que acoge. Aquí sin embargo se suda la acre realidad de Indonesia, la de un país que anda a caballo entre el desarrollo y la languidez tropical. Una constelación de culturas y modos de vida que intentan encajarse como pueden dentro de un estado que todavía no se conoce a si mismo. En la puerta de embarque un hombre escribe con un bolígrafo mordisqueado en un inmenso cuaderno. Anota mi nombre y mi número de pasaporte. Este caballero suda como un cerdo, brilla como arrebolado de fiebre intensa. Mañana, cuando vuelva a abrir el libro, mi nombre pequeño seguirá impreso con todas sus letras. Los datos que volcó el día anterior no habrán desaparecido a través de unos tubos de fibra óptica, indefensos ante miradas entrometidas, condenados a repetirse en su movimiento cíclico ya convertidos en impulsos eléctricos. Sigue confiando en su viejo cuaderno, en el carcomido bolígrafo, en su habilidad como escribano, en su experiencia de décadas.

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Tengo que repetirle el nombre tres veces. Finalmente le enseño el pasaporte.   – ¿Es este el avión a Labuan Bajo?- Temeroso de equivocarme puesto que la escasa señalización de la terminal está escrita en Bahasa, el idioma oficial de Indonesia.   – Labuan Bajo, Labuan Bajo, Yes Sir!- me responde atareado, mientras apunta cifras extrañas en su pantagruélico cuaderno. Cada vuelo es precedido por un simpático ritual en el que un par de pizpiretas jóvenes se pasean por toda la zona de embarque con el correspondiente letrero de destino entre las manos, como si de un torneo de boxeo se tratase. La era digital parece que no ha llegado todavía a esta terminal. Esos refinamientos son para los turistas de la internacional. Aunque más de uno seguro que preferiría este desfile de menudas bellezas antes que ser instruidos por un aséptico monitor. Estoy un poco confundido porque no encuentro el nombre de la ciudad por ninguna parte. Más tarde descubro que el avión aterrizará en Labuan Bajo y de ahí se dirigirá a Ende, al sureste de la isla de Flores, ciudad que si aparece como fin del trayecto en el cartel que sujeta con garbo la azafata que tengo enfrente. Yo me apeo antes, en una ciudad que tiene nombre de cantante de jazz de Nueva Orleans. Será mi hogar por unos días y el punto de partida hacia lo que realmente me ha empujado a hacer este viaje, el archipiélago de las Islas Komodo.

Todos tenemos destinos con los que soñamos despiertos, ya sea por afición, trabajo o vocación. Son sitios que solo insinuarlos nos hacen respirar de forma distinta. Nos conducen a ese gratificante lapso de lucidez donde valoramos la vida por lo que realmente merece la pena: el hacer tiempo mientras luchamos contra los obstaculos que nos zancallidean, que nos impiden materializar ese proyecto tantas veces revisado en nuestra cabeza, tantas veces deseado. Para un amante de la fauna y la naturaleza hay varios de estos lugares comunes de nombre impecable: Madagascar, el Amazonas, la Antártida, las islas Galápagos, la sabana africana. Komodo posee tal fuerza y sonoridad que parece surgido de un libro de fantasía, de un escritor ávido de parir toponimias de reminiscencias exóticas. Es el hogar de uno de los bichos más fascinantes con el que se topa cualquier estudiante de zoología a lo largo de su carrera. El Dragón de Komodo. El lagarto más grande del mundo, entre dos y tres metros de mastuerzo y hasta 70 kilos de peso. Un superdepredador y carroñero que sólo habita en este minúsculo archipiélago. A pesar de que las aves y cocodrilos estén mas emparentados con los extintos dinosaurios que estos lagartos vitaminados, es lo más parecido a sentirse en un Mundo Pérdido de lo que cualquier humano actual estará jamás.

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Dragón de Komodo. Isla de Rinca

No recuerdo con claridad la primera vez que oí hablar de este magnífico animal. Seguramente durante la fiebre Jurásica que muchos tuvimos allá a principios de los noventa, Spielberg mediante. Mas tarde durante la carrera, lo estudié como un ejemplo clásico de un proceso biogeográfico singular denominado Gigantismo. Especies que provienen del continente colonizan una isla donde encuentran un hábitat o recurso que pueden explotar, pero a costa de aumentar su tamaño. Dirigidos por la fuerza selectiva sustentada por ese hábitat sin explotar, un animal de discretas proporciones puede aumentar de tamaño en un periodo relativamente corto de miles de años (entiéndase: corto en términos geológicos y evolutivos). Así parece que ocurrió con esta especie, que evolucionó a partir de varanos continentales de tamaño mucho más modesto, al colonizar un territorio donde existían presas grandes y ningún depredador del tamaño adecuado que se alimentara de ellas. La otra cara de la moneda de este proceso también puede darse y se denomina (adivínenlo) Enanismo Insular. En este caso nuevos recursos de carácter limitado obligan a los colonizadores a disminuir de tamaño para que puedan explotarlos de forma óptima. Curiosamente, uno de los casos de enanismo insular más famoso hasta la fecha atañe a unos primos hermanos nuestros, el Homo floresiensis, recientemente descubierto en un yacimiento a pocos kilómetros de Labuan Bajo, y que habitó hasta hace pocos miles de años la Isla de Flores, siendo además contemporáneo de nuestra especie. El hombre de Flores medía alrededor de un metro y poseía un cerebro que era casi la mitad del nuestro. Cuando lo encontraron por primera vez fue tal el revuelo que se armó, que muchos colegas científicos consideraron que no era más que un Homo sapiens aquejado de enanismo y microcefalia. Nuestro insistente etnocentrismo nos cree incapaz de estar sometidos a los mismos mecanismos evolutivos que el resto de seres vivos, y un proceso tan común en otras especies se ve como un sacrilegio en la nuestra. Aun siguen discutiendo, pero todo indica que nos encontramos ante el primer caso de enanismo insular en homínidos. Otra especie más que se une al debate sobre el origen y especiación del hombre moderno, que cada vez parece más alejado del concepto de evolución lineal que tantas veces nos enseñaron en el colegio.

De origen volcánico, extremadamente montañosa y accidentada, la isla de Flores es algo singular. Remota incluso en tiempos geológicos donde el nivel del mar era menor y gran parte de Indonesia estaba comunicada por lenguas de tierra, su permanente aislamiento permitió que muchos animales, como ratas, cigüeñas o ciervos sufrieran procesos similares de mengua o crecimiento una vez recalaban a éstas islas. De hecho, se cree que la principal fuerza evolutiva que condujo la reducción de tamaño del hombre de Flores y el aumento de la del dragón de Komodo fue una especie de elefante enano, el Stegodon florensis, que se convirtió en la principal presa de unos y otros. Una muestra más de como un determinado ambiente puede homogeneizar a dos especies lejanamente emparentadas partiendo de extremos opuestos. Fascinante.

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Recreación del Homo floresiensis y comparación con un humano actual. Fuente: http://historiesofthingstocome.blogspot.sg

Más particularidades. Flores fue conquistada y evangelizada por los Portugueses a partir del Siglo XVI, y durante doscientos años la isla fue controlada por los Topasses, una comunidad criolla mezcla de costumbres mixtas y lengua portuguesa. Como consecuencia gran parte de los nativos, al contrario de lo que ocurren con la mayoría de islas vecinas musulmanas, profesan la religión cristiana (pasada por su filtro animista ritual particular). Desafortunadamente, el corto tiempo del que disponía no me iba a dar para mucho más que no fuera el archipiélago de Komodo y alrededores. Dejaría el resto para futuras incursiones. Mi idea era no sólo acechar al varano gigante, sino también intentar explorar las profundidades marinas que se ocultan bajo estas aguas. Este archipiélago es uno de los sitios del mundo más interesantes para bucear. Las condiciones climáticas permiten el desarrollo de arrecifes coralinos de distintos tipos, a los que se añade la ingente cantidad de especies que suelen coexistir al amparo de estos sublimes ecosistemas. Bichitos diminutos que grano a grano acaban construyendo formaciones de proporciones colosales. Komodo se engloba casi en el centro del Triángulo de Oro de los arrecifes coralinos, al que se ha llegado a denominar como el Amazonas subacuático por la inumerable y en muchas casos todavía desconocida biodiversidad que atesoran sus aguas. Para coronar este estallido de vida multicolor, se da la circunstancia de que Komodo es también el punto de encuentro de varias corrientes oceánicas que atraviesan esta región, por lo que el avistamiento de grandes especies pelágicas (tiburones, mantas, tortugas marinas o delfines) está casi asegurada.

Para ser sinceros, no estaba muy convencido de si finalmente bucearía o no. Había leído sobre las corrientes de la zona, sobre la poca o mucha experiencia que los buceadores que se adentraban en estas aguas debían tener, y francamente, la mía no era lo que se dice muy extensa, se reducía a unas cuantas inmersiones en el plácido y sosegado Mediterráneo almeriense. La simple idea de ser arrastrado hacia un abismo azul sin fondo o ser devorado por un grupo de simpáticas barracudas no me atraía nada la verdad. Prefería consultar antes con alguna de las múltiples escuelas de buceo que empezaban a medrar al abrigo publicitario de estos fondos cristalinos y llenos de actividad.

El aterrizaje sencillo, sin grandes aspavientos. Una pista diminuta incrustrada en un campo de un profundo color verde. No he avanzado diez metros cuando una enorme (y horrible) estatua de un Dragón de Komodo ya se cierne sobre mi para darnos la bienvenida. Casi sin tiempo a recuperarme, un enorme cartel con una enorme boca de un enorme varano amenaza con engullirme de un bocado. El dragón es la gallina de los huevos de oro de estos lugareños, su fetiche propagandístico,  y lo explotan hasta la saciedad, como personalmente constataría en los días venideros.

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Dragones Everywhere…

A pocos metros de la polvorienta y bacheada salida de la terminal están construyendo un nuevo aeropuerto. Moderno y de líneas sinuosas, podrá albergar vuelos internacionales. Australianos, Chinos o Singapurienses tendrán un nuevo paraíso que vulgarizar al alcance de su mano. El fin del sueño para los que todavía creen en la recompensa del que se esfuerza para llegar a algún sitio, y el comienzo del de los isleños, que ya están hipnotizados paladeando el aterciopelado aroma de los dólares recién tintados. La ciudad dista tan sólo dos kilómetros del aeropuerto, por lo que decido ir paseando. La gente me mira extrañada al pasar. Un blanquito andando por la cuneta, por gusto, porque si. Tampoco es para tanto, simplemente hay que seguir la carretera que desciende a través de una pequeña colina. Labuan Bajo se encuentra al abrigo de una coqueta bahía natural, por lo que desde este punto es posible tener buena perspectiva de la panorámica general. Voy andando lentamente, disfrutando del silencio reverberante de la lujuriosa vegetación que me circunda. Se ven varias obras activas. Futuros hoteles y restaurantes, señal de que la ciudad se despereza al compás del nuevo aeropuerto. Unos cientos de metros más adelante la carretera baja en picado y describe un giro de ciento ochenta grados. A mis pies se despliega la bahía, decenas de barcos multicolores salpican las tranquilas aguas. Saco la cámara de mi mochila.   – ¿Taxi Sir?- Un joven, delgado y bruñido a dentelladas por el sol ecuatorial se detiene ante mi.    – No, no, muchas gracias. Prefiero andar.-   Señala la cámara.- Si, estoy haciendo fotos, – respondo cómplice.   – ¿Taxi Sir?- repite, – el puerto esta lejos aún.-   – No importa, – sonrío con sinceridad. – Me gusta andar.    El chico avanza unos metros empujando la moto sin bajarse de ella. Yo a lo mío. Se vuelve y me observa con curiosidad mientras trato de encajar de nuevo la cámara en mi equipaje.           – Vale, le llevo abajo Sir- me dice mostrando una franca mirada de resignación.   – No voy a pagarte,- le espeto fijamente    – No importa, – dice sonriendo – le llevo igual Sir.-

Agradecido, me monto a horcajadas en su vieja y destartalada Honda. El chico arranca. Un viento salado y espeso penetra en todos mis intersticios. Vamos fluyendo siguiendo la cadencia estruendosa de las decenas de motos que nos van saliendo al paso. Abro la boca, respiro con energía. Me siento parte de la marea, un hombre despojado, como el que tengo delante, como los cientos que nos acompañan en el devenir frenético de esta mañana centelleante. Un sobrio habitante de este planeta. Nada más y nada menos.

Momentos de extraña comunión entre seres anónimos, escasos y preciosos, pero increiblemente adictivos. Por eso los buscamos con tanto anhelo. Vagando miles de kilómetros si face falta. O miles de horas.

Creo que esta Isla y yo nos vamos a gustar.

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Bahía de Labuan Bajo

Saludos Flamencos,

Miguel

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6 Respuestas a “Entre Flores y Dragones. Parte I

  1. Me gusta mucho , las fotos preciosas . Espero próximos capítulos Los papis…

  2. Wow Migue! me dejaste con la boca abierta y con ganas de leer mucho mas. Guapisimo el relato, super bien escrito y muy interesante (me huelo algo mas que un blog para un futuro?) Y las fotos peciosas tambien. Que experiencia mas buena estas viviendo, me alegro muchisimo por vos y gracias por compartirla. Besos pareja linda

    • Muchas gracias Ale!!! En breve publicaré la continuación. ¿Algo mas que un blog? nunca se sabe jeje, todo dependerá de como me vaya yendo por aquí. De momento me conformo con comentarios como el tuyo. Son la gasolina que me ayuda a seguir escribiendo. Besos para ti y tu navarrico guapo!

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