El legado de Angkor (Parte III). El mundo que nunca estuvo allí

Hay pocos sitios donde uno pueda observar tan claramente la fagocitosis inexorable de la naturaleza sobre las construcciones humanas como sucede en Angkor. Con la excepción de Angkor Wat, que se ha seguido usando como lugar de culto budista de forma mas o menos continuada durante los últimos quinientos años, la mayoría de los templos “redescubiertos” desde finales del siglo XIX estaban en desuso y rodeados de densa vegetación. Hoy en día algunas ruinas permanecen casi en el mismo estado en que se encontraron, y en algunos casos las restauraciones posteriores han fomentado incluso la convivencia entre la selva y la piedra labrada. Este es el caso de Ta Prohm, quizá el templo más visitado y fotografiado de toda Camboya.

Tra Prohm

Fue fundado por el último de los grandes reyes de la dinastía Jemer: Jayavarman VII. El rey que precedió al desastre, el último canto del cisne. A partir de él comenzó la decadencia de esta civilización. La falta de un líder nato, reinos vecinos como los Siameses que reclamaban su parcela de poder, unido a una sucesión de grandes sequías que hizo inútil su ingente y efectivo sistema hidráulico de conducción y almacenaje de agua, provocaron el ocaso y desaparición del imperio. En 1431, los Siameses entraron en Angkor, tomando el control y saqueando la ya de por si mermada ciudad.

Durante el reinado de Jayavarman VII (1181-1215), Angkor consiguió mantener por ultima vez la hegemonía en la región, expulsando a los invasores Cham que habían conquistado la ciudad después de una colosal batalla naval en el cercano lago Tonle Sap. Con Jayavarman el imperio Jemer cambió oficialmente de religión, pasando del hinduismo al budismo, lo que se reflejaría en sus estructuras sociales y políticas, así como en la arquitectura religiosa y civil. Jayavarman VII fue el responsable de la construcción de las murallas y accesos a la ciudad de Angkor Thom y del fastuoso templo de Bayón, un bosque de doscientas caras esculpidas que controlan todo el panorama circundante, como un eterno y petreo “Gran Hermano”. Aún se sigue discutiendo si las esculturas representan a Buda, al propio Jayavarman VII, o a una combinación de ambos; Lo que es innegable es el efecto que esta edificación tuvo que ejercer sobre la psique y la adoración del pueblo hacia su monarca. Al pasear por las ruinas es imposible evitar la soberbia y enigmática sonrisa de estos gigantes, que te observan con la mezcla justa de cariño y severidad patriarcal.

Caras de Bayon

Volviendo a Ta Prohm, se trata de un templo concebido como homenaje a algunos miembros de su familia. El santuario principal está dedicado a su madre, representada como la personificación de la “Prajnaparamita” o sabiduría budista. Este templo fue el elegido por la “École française d’Extrême-Orient” de restauración arqueológica como modelo donde mantener el aspecto original del complejo de Angkor durante el proceso de “intervención selvática”.

Menos visitado pero igualmente evocador es el templo de Preah Khan. Consta de un templo central rodeado por una serie sucesiva de galerias rectangulares con multitud de estancias que servían para mantener la maquinaría administrativa y religiosa del imperio. Se cree que pudieron llegar a alojar hasta a cien mil personas, entre funcionarios, monjes y soldados. El templo fue erigido en honor al padre de Jayavarman VII y se dice que estaba suntuosamente decorado con laminas de oro, plata y miles de resplandecientes gemas.

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Preah Kham

En ambos templos se observa el paso lento e implacable del tiempo. La naturaleza aquí es un arquitecto más, otorgando una presencia orgánica a las ruinas, que casi parecen poseer vida propia. Una pátina de verde musgo lo recubre todo y la simbiosis es tan perfecta que uno llega a preguntarse si realmente los jemeres no construyeron sus templos respetando los árboles ya establecidos y no al contrario. Los troncos se abren paso a traves de los muros, las raíces se mimetizan con los sillares. Las pagodas parcialmente derruidas se derraman caóticas formando montículos, más fidedignos aún a las montañas sagradas que una vez representaron. Preah Khan especialmente fue una agradable sorpresa. Debido a sus gigantescas dimensiones y a su relativo aislamiento, es posible recorrerlo en total soledad e impregnarse de la esencia de este paisaje: el ciclo natural de las cosas late con fuerza, el seno necesario de destrucción que engendra nuevas estructuras. Nos asombramos devorando en silencio la solemne profundidad del entorno, que enroca con nuestra más antigua e irracional percepción de belleza. Igual que cuando observamos un río, un bosque, una montaña. Sin embargo, aqui hay un distintivo componente tecnológico, civilización armada piedra a piedra que aun así nos fascina igualmente, como si lo que observamos fuera sólo el resultado de inmensas fuerzas telúricas extrañas al hombre.

Quizá sea este el problema: nos empeñamos en obstinadas distinciones entre hombre y naturaleza, en educarnos como seres ajenos a ella, monstruos dañinos. Creamos avatares ideológicos y religiosos porque no somos capaces de reconocernos en ella y Angkor nos enseña humildemente que no hay dicotomía que valga: Somos Naturaleza, aunque deseemos pensar lo contrario.

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Os dejamos un pase de diapositivas  Piedra latente

Las fotografías están tomadas en distintos puntos de Angkor, principalmente en los templos de Ta Prohm y Preah Khan.

Música: Overgrown – James Blake

Saludos Flamencos!

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5 Respuestas a “El legado de Angkor (Parte III). El mundo que nunca estuvo allí

  1. Sublime y evocador… “El ciclo natural de las cosas late con fuerza, el seno necesario de destrucción que engendra nuevas estructuras”.
    A mi ritmo… Besos

  2. Muchas gracias por seguirnos y disfrutar con nosotros de esta aventura. Cada post requiere un gran esfuerzo por nuestra parte, y son mensajes como el tuyo los que nos animan a seguir inviertiendo el tiempo en esto ;-). De momento compartimos palabras e imagenes, espero que dentro de no mucho también compartamos experiencias. Mil besos guapa!

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