El legado de Angkor (Parte II). Monedas Romanas y Dioses Hindúes

Sol abrasador, piel calcinada, ácida de sudor, el fantasma del dengue zumbando a su alrededor. Llevan más de seis horas examinando el ultimo cuadro de la excavación; con la minuciosidad de escrupulosos relojeros van disgregando mecanicamente los trozos de arcilla, mudos en su insistente rutina. Un mantra lisérgico flota en el aire: seres que chillan, pelean, depredan, buscan pareja, se deslizan anónimos entre el verdor abigarrado que les rodea. De pronto sus dedos tocan algo duro, bordes romos, retira la tierra con mimo, con esa ternura urgente que orienta los dedos de los amantes, el agua va chorreando, la arcilla se desliza, tibia y espesa entre sus dedos, dejando ver por fin un estertor metálico, levemente bruñido e indudablemente de origen humano. Es una moneda. En estado de conservación óptima. El rostro de un hombre con barba cuidada acuñado en el anverso, una tiara laureando su cabeza, al modo grecolatino. Puede verse una inscripción, parcialmente legible: “Imp Victorinvs”. Es latín, la lengua oficial del antiguo imperio romano. Se miran extrañados, tragan saliva temerosos de que alguno de los dos abra la boca y el sonido desvanezca la lírica desnudez de ese instante. El bombeo rítmico de sus corazones les delata, sincronizándose con el ruido que viene de fuera, más ensordecedor que nunca.

Acaban de encontrar una moneda romana. En un yacimiento en Thailandia.

A diez mil kilómetros de la frontera más cercana de la antigua Roma.

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Moneda del Emperador Victorinus, similar a la encontrada en el yacimiento de U Thong (Thailandia). Fuente: Wikipedia commons

Moneda del Emperador Victorinus, similar a la encontrada en el yacimiento de U Thong (Thailandia). Fuente: Wikipedia commons

Así fue como un par de estudiantes de arqueología birmanos nos contaron la historia de este insólito descubrimiento, mientras dabamos cuenta de un plato de arroz azul con coco y pescado frito en un restaurante callejero de Kuala Lumpur. No digo que pueda estar algo adulterada, ya se sabe que el dramatismo de una historia se desparrama cuando se filtra a través del anzuelo onírico del escritor, pero la cuestión importante aquí son la moneda y su largo devenir, cierto y tangible como ella sola: hela aquí, humilde y funcional en su concepción, hoy posee un valor histórico que trasciende a su acuñador o a cualquiera de sus dueños. Tan chiquita ella, de cobre virginal y ya viajando de mano en mano, cerrando tratos, desflorándose entre los dedos de decuriones romanos, principes sasánidas, y comerciantes indios. Este sucedáneo mercantil enterrado durante siglos en un estrato arcilloso, a la espera de ser revelada, nos viene al dedo para ilustrar como el fenómeno de la globalización dista bastante de ser un invento de nuestra era. Quizá la intensidad y el flujo de mercancías e información sean ahora masivos y casi-instantaneos, pero sería muy osado de nuestra parte tratar a la historia antigua de nuestro mundo como un conjunto de civilizaciones estancas e independientes, sin más relación entre ellas que sangrientas batallas por el poder entre gente que se desconocía e ignoraba, más allá del tamaño del hacha que blandían o de la resistencia de la prieta carne de sus bárbaros adversarios ante al acero evangelizador de sus espadas. La gente y sus circunstancias, con los escasos y tortuosos medios de su época, se meneaban más que la compresa de una coja.

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Detalle de la batalla de Ramayana

Vale que la peña siempre nos hemos dado candela unos a otros a lo largo de la historia. Pero no sólo de sangre y bilis vive el hombre.

Y es que por el interés te quiero Andrés. Por el interés y por el hambre. Hambre directa, de esa que hace daño en el estomago y en el orgullo, pero también de la otra, hambre de conquista, de tierra, de mercancías, de éxito, hambre de fama, sexo, sextercios y rock and roll.

Aparece así el comercio como vehículo para saciar esa avidez mundana y existencial, crudo vertebrador de la civilización; Una de cal y otra de arena, lo mismo te importo un par de epidemias o un grupo de asalvajados que violen a tus mujeres, que te doy un puñado de semillas que salvan a tu familia de la inanición, te muestro como trabajar los metales o te enseño la escritura y las matemáticas para que no te tanguen en la cuenta. El sempiterno Yin-Yang de los cojones.

De este modo, por obra y gracia del comercio nuestra protagonista aparece a 12.000 kilométros de su ceca, en la actual Tréveris, Alemania, con la efigie acuñada del chupasangres de turno, Victorinus, emperador que fue de las Galias entre el 268-270 de nuestra era, un imperio independiente que se escindió del romano durante el siglo III de nuestra era y que comprendía toda la Galia, así como Hispania, Britania y parte de Germania. Su exiguo reinado y truculento final (murió asesinado por un ultrajado oficial cuya mujer había sido seducida por nuestro “picaruelo” Imperator), nos viene de perlas, puesto que permite estrechar el origen de nuestra querida amiga con un mínimo margen de error. Como acabó en Thailandia es un misterio, aunque dan ganas de imaginarlo (Perez-Revertes e Idelfonsos Falcones del mundo, fabuladores del pasado europeo, ahí teneis un argumento inédito para una novela, best-seller garantizado).

Tan lejos de su hogar la monedita, nos está revelando dos maravillosos hechos : el primero es confirmar la existencia de un eje comercial transconstinental de flujo más o menos continuo durante los primeros siglos de nuestra era, anterior a las rutas comerciales de la edad media, y cuyos tentáculos abarcaban hasta los confines del Pacífico. Pensad por un momento lo que significaba emprender un viaje en una época en que no había ninguna de las comodidades que hacen de los nuestros un juego de niños a su lado: nada de carreteras asfaltadas, ni vehiculos a motor y aire acondicionado; nada de GPS ni gasolineras donde comprarse unas papas fritas y un refresco, donde mucha de la gente con la que te encontrabas entre posada y posta, estaban muy ocupados decidiendo si machacarte la cabeza con una piedra o sajarte de un tajo las asaduras para quitarte todo lo que pudieras llevar de valor.

El segundo y no menos importante hecho es constatar que al otro lado del hilo de Ariadna, en una remota región desconocida para el 99.99% de la población romana, una etnia salida de no sé sabe muy bien donde, empezaba a organizarse: producían excedentes, mercancía que podía ser intercambiada, y además comenzaban a demandar bienes que no sabían o no podían producir por ellos mismos. No sólo anécdoticas monedas romanas, cuyo uso desconocemos (¿existirían ya aburridos aficionados a la numismática en esa época?) sino cerámica de Indonesia e India o joyas venidas de China han sido encontradas en esos yacimientos.

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Ayyy el comercio! donde menos se lo espera uno, salta el negocio.

Ayyy el comercio! donde menos se lo espera uno, salta el negocio.

Los jemeres comenzaban a abrirse al mundo. Su origen es bastante oscuro, y los arqueológos e historiadores no parece ponerse de acuerdo. Diversos yacimientos diseminados entre la espesa jungla del norte de Camboya y el sur de la actual Laos y Thailandia indican que pudieron surgir de allí. Las primeras agrupaciones se formaron alrededor de pequeños ríos y valles. Influidos por las inundaciones periódicas de los monzones, este entorno fue el marco perfecto donde desarrollar sus habilidades en ingeniería y construcción hidráulica, que a la postre serían una de sus señas de identidad y la más trascendente de sus innovaciones tecnológicas: les permitiría controlar el ímpetu de las crecidas de lagos y ríos, mejorar la agricultura, el transporte y abastecimiento de agua, así como la higiene y salubridad de sus futuras ciudades. Cultivaban arroz, críaban cerdos, vacas, pollos y perros y consumían todo tipo de productos obtenidos de la selva. El pescado parece que era un aporte fundamental en la dieta. La cuenca del Mekong y sus cada vez más degradados recursos piscícolas merecerían un post aparte, pero sólo para que valoreis su importancia, tened en cuenta que todavía a día de hoy, entre el 40 y el 60 % de los aportes proteícos de la Camboya rural provienen de ésta fuente. En palabras de un famoso arqueológo “Los habitantes de ésta zona en el siglo V eran robustos y bien nutridos como lo podrían ser los actuales habitantes del estado de Ohio”. Durante varios siglos, estos asentamientos fueron creciendo, absorbiendose unos a otros, hasta formar regiones mas o menos extensas de poder centralizado, que pueden considerarse el origen del posterior imperio jemer. Llegamos así al siglo III, al encuentro de nuestra anónima moneda, donde el comercio exterior era ya algo normal.

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Uno de las decenas de Banteays (Represas) que hay diseminados a lo largo de Angkor. Su uso era múltiple (abastecimiento de agua para la población y la agricultura, defensivo, religioso...) y forman parte indisoluble del patrimonio paisajistico de Angkor.

Uno de las decenas de Banteays (lagos artificiales) que hay diseminados a lo largo de la zona. Los jemeres eran unos maestros en la ingeniería hidraúlica y su uso era múltiple (abastecimiento de agua para la población y la agricultura, defensivo, religioso, lúdico…) . Hoy en día, junto con los palacios y templos, forman parte indisoluble del patrimonio paisajistico de Angkor.

Los jemeres van absorbiendo paulatina e intensamente la influencia de la India, hasta el punto de que estos últimos les aportarían el hinduismo, y su lenguaje litúrgico, el sánscrito, que serían fundamentales a la hora de vertebrar el futuro imperio en torno a la figura religiosa de un principe-dios. Uno de los mitos fundacionistas de los jemeres es de hecho de origen hindú, y puede rastrearse su ascendencia en leyendas similares del sur de la India. Según parece un brahmin o sacerdote indio de nombre Kaundanya soñó que reinaría sobre un lejano páis, y ni corto ni perezoso, se embarcó en una nave dispuesto a cumplir la profecía. Gracias a una lanza y arco mágicos, acabaría conquistando, doblegando y finalmente esposando a una princesa local, Soma, que a su vez era hija de un rey Serpiente (Naga), una especie de semi-dioses de la mitología hindú. Kaundanya fundó poco después una ciudad y cambió el nombre del pais, que a partir de ese momento pasó a llamarse “Kambuja”, la actual Camboya. Como podeis ver, igual que Roma con sus lobeznos adoptivos Romulo y Remo, o China con su legendarios emperadores-dioses de la primera dinastía, la mitología se mezcla con la historia una vez más para dar un barniz épico que ensalce y ennoblezca los orígenes del poder. Pura propaganda de la edad antigua. Si es que no hemos inventado nada.

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Las Nagas o Cobra aparecen por doquier en Angkor. La leyenda conecta genealogicamente a estos semi-dioses con los reyes fundadores del imperio Jemer.

Las Nagas o Cobras aparecen por doquier en Angkor. La leyenda conecta genealógicamente a estos semi-dioses con los reyes fundadores del imperio Jemer.

Durante los siguientes siglos, el culto hindú se iría extendiendo a la par que el poder de los diversos reinos proto-jemeres. Multitud de lingams, símbolos fálicos de adoración al dios Shiva, diseminados por la cuenca del Mekong, van marcando el avance de éstos. Pero no es hasta la aparición del monarca Jayavarman II donde realmente podemos hablar de un auténtico imperio Jemer unificado. Siguiendo los paralelismos entre Roma y Angkor, de forma similar a César Augusto a principios de nuestra era, Jayavarman II se proclamó en el año 802 “Emperador Universal” y “Representante de Dios en la tierra”, instaurando la religión hindú como oficial en todo el imperio y fundando la ciudad de Hariharalaya, que sería el germen a partir de la cual se crearía la fastuosa ciudad de Angkor.

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Esta entrada va dedicada a nuestra gran amiga Tania y a todos los arqueólogos que como ella, silenciosamente, casi sin medios y pasando desapercibidos para la mayor parte de la sociedad, van revelándonos poco a poco nuestro pasado, y orientándonos acerca de como podría ser nuestro futuro.

Muchas gracias.

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Miguel y Lu

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